Liany mira su ordenador en blanco y no sabe muy bien porque la gente
tanto le tema si simplemente tiene que escribir. Recuerda algo que una
ves dijo shakeaspeare que la inspiracion te encuentre ocupado.se
ha despertado hace poco recuerda que una ves leyo que los mejores
momentos para escribir son en la mañana o en la noche. o quizas se
referian a leer en lugar de escribir? no importa. Termina de de darle su
mordida al Pie de limon. aun esta en pijama. Escucha la ducha, segura
su novia ya se desperto . se acerca donde su bebe y su sonrisa es mas
que suficiente para inspiracion, decide escribir la historia de un joven
abogado Carlos espejo, que ama escribir, artes marciales y la musica.
Aunque ahora esta en un puesto del trabajo que no le gusta bastante.
anteriormente habia trabajado en estudios juridicos ( sector privado)
donde habia mas presion pero ahora en el estado es todo mas tranquilo,
plan h. x eso ahora tiene tiempo para escribir.
-Hola bebe, Su novia, chica de este noche la saludal.
Liany la observa , samantha, un bombom que todo hombre desearia, pero decidia pasar la noche con ella.
Sobre que escribies ,
De un nuevo protagonista.
Lee las hojas anteriores, i si le pones super poderes, sabes que me encanta lo que tenga ponders y magia.
-MM digamos que su poder es que las personas siempre se reflejan en el.
volvemos con carlos.
Ahora mismo esta escribiendo. y realmente siente su corazon latir.
" ahora esto hasta el final del mundo se dice para, talves tenga
problemas de atencion, talves no sea el mejor Bailarin aunque ya ha
tomado clase de bacahta.......
Como un aporte a los compañeros de Literautas, debido a que tenemos receso del taller, desean postear sus relatos en un lugar de confianza. Literautas.com es el taller que nos ha unido. Todos los escritos aquí pertenecen a sus creadores. Derechos reservados.
martes, 17 de abril de 2018
El folio en blanco - María de los Ángeles Mena
Se oía la lluvia golpear la ventana. El olor se entremezclaba entre tabaco, cognac y limón. La cama estaba deshecha, y el escritorio junto a ella era tan pequeño que apenas cabía espacio para el lápiz grafito, la pluma y el folio en blanco. Alberto suspiró. Tenía sueño, y a la vez, necesitaba escribir, aunque no tenía absoluta certeza de qué ni por qué. Pero era algo en él, una necesidad imperiosa que lo llevaba a sujetar la pluma con fuerza y apretar los nudillos. Goteó la tinta para formar un círculo morado oscuro sobre el papel. Alberto pensó en ella. Se le vino a la mente, como una silueta desdibujada, como si en su recuerdo se fuera empañando la imagen y perdiendo la nitidez. Recordó, no obstante, su aroma. Usaba perfumes a cítrico, siempre. A veces, claro, llevaba el de lavanda, pero solo porque se lo había regalado a él. Pero Alberto sabía a la perfección que en realidad no le gustaba, y prefería mil veces usar el perfume ácido, que teñía las sensaciones de un tono amarillo pálido. Miró otra vez el folio. No sabía qué escribir. Había tanto… y tan poco.
Se llamaba Paula.
Escribió temeroso, notando que la pluma temblaba en sus dedos. La soltó. Tomó el lápiz, quizá con eso podría borrar.
Se llamaba Paula, y yo la amaba, continuó, sin saber qué estaba haciendo. Recordó su vestido rojo, más escotado de la cuenta, y más, desde luego, de lo que la familia aprobaría. Se imaginó la lencería que traería debajo, y ese vestido, en efecto, era un estímulo para la imaginación.
Se llamaba Paula, y yo la amaba, y vestía de rojo.
Bailaba como los dioses. Eso era capaz de recordarlo. La sostenía en sus brazos, y parecía flotar sobre los aires, guiándolo a él en un vals que pareció, entre las manos de otra, jamás haber bailado en otra ocasión.
Alberto tomó el papel, y lo arrugó. Ella no merecía esto. Aquello era un bodrio, mientras que esa mujer merecía una obra maestra, un Da Vinci, un Paganini, un James Joyce para que la amasen y la inmortalicen. No él, él era Alberto. Y la estaba, poco a poco, olvidando.
Se llamaba Paula.
Escribió temeroso, notando que la pluma temblaba en sus dedos. La soltó. Tomó el lápiz, quizá con eso podría borrar.
Se llamaba Paula, y yo la amaba, continuó, sin saber qué estaba haciendo. Recordó su vestido rojo, más escotado de la cuenta, y más, desde luego, de lo que la familia aprobaría. Se imaginó la lencería que traería debajo, y ese vestido, en efecto, era un estímulo para la imaginación.
Se llamaba Paula, y yo la amaba, y vestía de rojo.
Bailaba como los dioses. Eso era capaz de recordarlo. La sostenía en sus brazos, y parecía flotar sobre los aires, guiándolo a él en un vals que pareció, entre las manos de otra, jamás haber bailado en otra ocasión.
Alberto tomó el papel, y lo arrugó. Ella no merecía esto. Aquello era un bodrio, mientras que esa mujer merecía una obra maestra, un Da Vinci, un Paganini, un James Joyce para que la amasen y la inmortalicen. No él, él era Alberto. Y la estaba, poco a poco, olvidando.
Taller Literario Literautas - Recopilación de Relatos Abril, 2018 - Escena # 53
En esta sección encontrarás la recopilación de los relatos.
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cada participante revise y comente los tres textos siguientes al suyo en
la lista, bajo la directriz del taller (evaluar forma, contenido y una opinión personal).
Si no sabes cómo comentar, lee la entrada de Literautas aquí.
RECOPILACIÓN DEL MES DE ABRIL, 2018
Móntame una Escena: "La página en blanco" - Escena #53
Móntame una Escena: "La página en blanco" - Escena #53
Se pide una escena con un escritor o escritora que le tiene miedo al bloqueo.
Reto opcional: Incluir las palabras: lápiz, limón y lencería. (R)
Todos los trabajos se han publicado tal y cual los ha enviado el autor, y todos los derechos pertenecen al mismo.
- La cómplice - Ocitore* (R) Blog c/CM
- El folio en blanco - Kathie G* (R) Blog c/CM
- Ocurrencias - Carlos Jaime Noreña* (R)
- La inmensidad de tu Vacío - Gina Loyola (R)
- Insaciable - K.Marce (R)
- Agatha Mercury - M. Cavani* (R)
- Bloqueo - Pato Menudencio* Blog/S
- LOS ESCRITORES TAMBIÉN TIENEN MIEDO A QUEDARSE EN BLANCO - Yas (R)
- El folio en Blanco - Alberto Gárgoles (R)
- Del blanco al color - Rossana Samarra (R)
- Contador de historias - Helena Sauras* (R) c/CM
- Blanco - Maxi de León
- El grito - Isán* (R)
- Azahares - César Henán* (R) Blog/S c/CM
- TIRAN LO BLANC - Amilcar Barça*
- La tragedia de la inmortalidad - Leosinprisa (R)
- Cuando la procrastinación gana la partida - Irene R (R)
- EL ESPEJO - Labajos (R)
- EL TREN CREATIVO - Gustav (R)
- El folio en Blanco - David (R)
- 72 horas - Abi Ponce* (R) Blog/S
- Cosas que cobran vida ante el bloqueo de la escritora - Yoli L.* (R)
- Narrar desde el corazón - Menta (R)
- ESCRIBE O MUERES - Ceyla Ramos (R)
- No es una gran historia pero es una historia - Estel Vórima* Blog/S
- El nevero - Feli Eguizábal Fernández * (R) Blog/S
- Trabajo de ensueño - Brian David VM* (R)
- Dar cera, pulir cera - José Luis (R)
- El lugar donde habitan las arañas - Martin S.G. (R)
- VIOLACION MORAL - El Chaval (R)
- El folio en blanco - Ana de la Hoz (R)
- En blanco - Elizabeth* (R)
- Hoja en blanco - TM. Andrade* (R)
- La madre de los miedos - Maurice
- Una idea genial - Juana Medina*
- El que la hace la paga (aunque sea en sueños) - Fortunata (R)
- La vida secreta de los semáforos - Cualquiera (R)
- El folio en blanco - María de los Ángeles Mena (R)
- El folio en blanco - Napoleón
La inmensidad de tu Vacío - Gina Layola (R)
Ya son varios los días que me siento frente a ti sin poder articular
palabra. Te miro y la intensidad de tu mirada me paraliza. Mi mente
busca desesperada las palabras que llenen el espacio y no logro poner en
claro mis ideas. Pudiera hablarte de historias pasadas, de metas
logradas, de sueños cumplidos y anhelos perdidos; nada parece apropiado,
suena soso, vulgar y trillado. Busco inspiración en libros, olores,
emociones y recuerdos. Voy a la cocina y el aroma de café me sabe a
rumores compartidos a dramas vividos, paso por el bar y las botellas me
hablan de amores perdidos e historias contadas en medio de tequilas y
limones. Sigo mi caminar y llego a la recamara y al ver el encaje de la
lencería, las historias de pasión se agalopan en mi mente. Voy de prisa a
tu encuentro, armado solamente con el lápiz en la mano y las ideas aun
hirviendo en mi cabeza. Nuevamente me siento frente a ti, pero ahora
cierro los ojos para que la inmensidad de tu vacío no se atragante con
mis palabras y quede nuevamente yo perdido.
Respiro profundo y dejo que las palabras fluyan que encuentren su camino como las aguas que buscan el rio. Empiezo lentamente pero pronto el ritmo se vuelve caudaloso. Abro los ojos y veo como las palabras han inundado tu blancura. La fuerza que han cobrado las ideas han ahogado el miedo de plasmar en tu virginal pureza mis más profundos pensamientos.
Respiro profundo y dejo que las palabras fluyan que encuentren su camino como las aguas que buscan el rio. Empiezo lentamente pero pronto el ritmo se vuelve caudaloso. Abro los ojos y veo como las palabras han inundado tu blancura. La fuerza que han cobrado las ideas han ahogado el miedo de plasmar en tu virginal pureza mis más profundos pensamientos.
La vida secreta de los semáforos - Cualquiera
Desde que las multas de tráfico asolaron su cuenta corriente, Benito
había aplacado con mucho sus pequeñas transgresiones urbanas. Su
relación con la dirección general de tráfico distaba mucho de ser
genial. La primera vez que lo detuvieron, por avanzar serenamente con su
moto por una calle peatonal, repuso a los policías, con álgida y
chistosa elocuencia veraniega, que no había peatones por la calzada en
ese momento, ni él tenía intención de atropellar a nadie a menos que
este se arrojara furiosamente a sus pies. En cuyo caso la multa la
tendría que pagar él—terminó con retranca inocente.
—Vaya, un listillo—dijo el policía echándose la mano a la billetera como un John Wayne.
—¿Cree usted necesario multarme por avanzar a paso de tortuga, señor agente?
—Ahora mismo te extiendo la receta.
Benito, que ya veía la batalla perdida se tiró sin paracaídas:
—Pues le voy a decir una cosa—dijo indignado ante el policía cada vez más feo—la aplicación de una norma nunca debería desentenderse de su contexto real, ha de ser aplicada por un criterio humano que sepa distinguir un paso de tortuga de una conducta temeraria, porque si lo piensas bien, el concepto paso de tortuga dista mucho de ser una actitud peligrosa y es algo que nunca ha hecho daño a nadie, a menos que seas tú la tortuga y llegues siempre tarde a una convención de galápagos.
No sólo le pusieron la multa, también lo llevaron a comisaria, preguntándose él qué había ofuscado más al policía, si el hecho de que cuestionara su autoridad o el que emplease metáforas animales en su cometido. Lo sintetizó por fin en una tesis que le pareció razonable. Los policías se rigen por unos principios que se deben al cuerpo disciplinado, y si piensan que estás dudando de esos principios creen que se la estás intentando clavar y entonces te la clavan ellos porque son los que llevan la porra. Esa es la lógica del policía.
Su último susto, que le metió el estómago hacia dentro y lo dejó sin ganas de escribir unas cuantas semanas, había sido una diligencia de embargo por dos multas de las que no tuvo nunca noticia: dos semáforos que se había saltado en rojo a las dos de la madrugada hacía cuatro años. Dos semáforos que se saltó cuando el ruido de la ciudad había enmudecido y no quedaba alma triste que no quisiera llegar a su casa para refugiarse del frío. Nadie excepto la dirección general de tráfico, que con su ojo de halcón te vigila.
Después de que sus ahorros se redondearan a la intacta cifra de cero, se prometió a sí mismo que nunca más volvería a saltarse un semáforo, aunque estuviese sólo en el mundo y su única compañía fuese ese tonto muñeco encendido de rojo enfado. Ahora se quedaba parado mucho antes de un paso de cebra, dejaba respirar tranquilo al motor. Había decidido fraccionar las distancias, servir como un ciudadano modelo a esa mano enguantada que fija las normas y te birla la billetera sin que te enteres. Aceptó con el pesar de sentirse algo idiota, pero a partir de esta paciencia gremial de ciudadano correcto ha ido sin querer descubriendo nuevas cosas: la vida secreta y estática de los semáforos, lo que hace la gente en el medio minuto de esa breve espera.
Observa ahora una insólita escena que capta con su lógica cerebral como a cámara lenta: dos transeúntes esperan ante un semáforo. Un señor de unos cincuenta, que al ver el cambio de color se dispone a cruzar la ancha calzada. Pero a su vera, casi una sombra, una señora no mucho mayor arranca a la misma vez, lleva una bolsa con ropa de lencería, y ahí comienza la carrera. El hombre va pisando sólo las zonas pintadas de blanco, un paso de cebra también puede ser una impar aventura. La mujer avanza en cambio con pasos despreocupados, mira hacia delante pero su lentitud la retrasa con respecto al hombre que va como dando saltitos. La victoria parece segura, pero algo capta la atención de la mujer en mitad de la travesía y es el número de segundos que quedan para cruzar: 7, 6, 5…apresura entonces el paso temiendo a los coches que rugen en la parrilla de salida. Y el señor ¿qué hace el señor? ¿Ha perdido la cuenta de sus pasos? Se detiene un momento, tropieza, se descoordina ¿teme pisar en falso y caer engullido por el gris del cemento? Vence la señora, que alza sus brazos imaginariamente.
Al volante los hombres revelan su rostro y también su estado de ánimo, pero también algo más esencial, y es la relación que cada uno entabla con su vehículo. Ahora detiene su ojo en los semáforos como si quisiera percibir el mundo, el estudio epidemiológico de las almas conductoras. Un joven agarra el volante rodeándolo con todo el codo y es como si lo quisiera mucho. Seguro que le ha puesto nombre al trasto, le hace cariñitos y dice que es lo único que nunca le falla. Está el piloto gruñón, que parece no comprender la presencia de los demás coches. Insulta a la menor interacción mientras se desespera o hace gesto de arrancarle la cabeza a alguien. En realidad, odia su propio coche, le gustaría tener un audi, ya que el insulto y la rabia es siempre una delación de lo que eres en falta. Otro tamborilea con los dedos de una sola mano dando una sensación de impaciencia tranquila, escucha su cd con discreción individual, ha aprendido educación y singularidad. La chica que ensueña su mirada por la ventanilla del autobús, sólo desea que la trasporten, que la dejen viajar libre por sus recuerdos.
Pero entonces se fija en ella, detrás de unas gafas de sol y de una vinculación inconcreta con un seat Ibiza blanco. Se paró a su lado y la miró. Ella se giró ligeramente, hasta que se dio cuenta de que él la observaba y escondió la cabeza como un avestruz.
El semáforo no dio para mucho más. Metieron primera y se borraron en la carretera sus últimos pensamientos. Pero en la gran avenida flanqueada de frondosos árboles los coches aceleraban para tener que frenar cada poco. Así que se encontraron en el siguiente semáforo, doscientos metros más allá, en el mismo carril fiel a cada uno. Él pensó que recordaba a esa chica del semáforo anterior. Ahora le parecía más guapa aún, y sobre la guantera había observado que tenía un libro. ¿Cuál sería el título? La chica guapa y lectora, que aceleraba su coche con tranquila parsimonia y haciendo un poco de hipo en el cambio de marchas.
La chica descubre otra vez a Benito mirándola, y no es que se asuste, pero sí se molesta. «¿Qué pretende este tío con tanta miradita?» Si hubiera tenido sus impulsos alerta le habría sacado una peineta por esa invasión de su intimidad. Pero hay algo sin embargo en su cara que le recuerda a otra persona, « joder, ¿es…él?» La chica asoma curiosa la cabeza por la ventanilla y Benito le responde guiñándole el ojo. Ella se retira horrorizada, «no, no puede ser él, qué va».
El semáforo vuelve a cambiar y no da lugar a más circunloquios. Los coches avanzan otra vez, creen que van a llegar lejos, pero un poco más adelante vuelven a tropezar con un nuevo obstáculo.
La chica ya es familiar en la vida de Benito. Le dice moviendo los labios: «tú y yo estamos atrapados en el mismo semáforo», «tú y yo habitamos el mismo universo intermitente».
Ella vuelve a mirarle confusa en su idea, obsesiva como es de las fijaciones: «hostias, tiene la nariz igual ¿se habrá puesto gafas?».
Benito parece verla sonreír, pero es un gesto de duda que ella hace, torciendo la boca como si quisiera desconfiar o estuviera mordiendo un limón.
Se reanuda la marcha y Benito conduce acompañándola, pero viaja por el carril izquierdo y de pronto tiene que parar y esperar a que alguien detenido consiga aparcar. Se entristece como un impedido cuando ve pasar al Seat Ibiza que se aleja. Pero por fin el coche de delante se aparta y se hace ilusiones que confirma con su dicha. Aprieta el acelerador para volver al paralelismo, pero justo cuando está a punto de llegar a su altura (es el quinto semáforo de su tórrida unión), otro coche se entromete de pronto. Un joven mascachapas que conduce como un coreano, lleva la música a tope y tiene alerones traseros y llantas de aleación. Se quiere demostrar a través de su máquina, más simple que el mecanismo de un lápiz. Va como un relámpago y ocupa el lugar que a otro por derecho le corresponde. Benito profiere todo tipo de insultos bíblicos sobre el malhadado Fernando Alonso. Y siente afligido que algo falla, demasiados obstáculos en este corto destino, como cuando el azar le pone sus alas negras a la mariposa.
Pero el verde impulsa a los coches otra vez a salir. Se van internando en una cavidad céntrica de la ciudad, donde el tumulto de los coches y la ferocidad de los conductores impiden toda comunicación humana. Benito huele el instinto de una pequeña historia, la que ahora viven ellos dos, casualmente emparentados en la ruta, personas que se conocen en lo desconocido, solitarios e inocentes. Ha llegado de nuevo a su altura justo cuando el semáforo se volvía a cerrar, y sin más tiempo de espera, abre la ventanilla esperando que también la abra ella y poder escuchar su voz, aunque ya se la imagina. Ella abre la suya triplemente intrigada por la confusa identidad, y entre el ruido impenetrable, le pregunta:
—Oye, ¿tú eres Juanjo?
Él entiende «tú eres guapo», y un sol ilumina toda su psicología. Responde soñador:
—Tú no sólo eres guapa. Eres un cisne de la carretera.
Ella no lo entiende bien, pero en esa mayor cercanía aprecia que no es igual su hoyuelo en la barbilla, ni la intriga carnosa de sus labios, ni el porte de seguridad que asentaba su gesto y le hacía resolver con soltura cualquier problema. Le dice aclarada ya de sus dudas:
—Perdona, me he confundido, perdona…—pero él no la entiende porque los coches les empujan otra vez desde atrás.
Hay una nueva parada antes de que dos caminos se unan o se bifurquen, ya que la céntrica plaza San Agustín es el corazón dónde la ciudad bombea su sangre hacia muchos destinos distintos. Benito trata de conducir sin que el alma se le escape por la posibilidad de perderla, como si se acercase a un precipicio o a una catarata. “Si no te vienes conmigo habremos perdido la prueba”. Ella sigue su carril y tuerce a la derecha. Benito se va separando a la izquierda, hubiera deseado que decidiera ella, pero en un último miedo al abandono, Benito tuerce rápido el volante en una maniobra discutible, colándose en el otro carril justo detrás de ella.
Y otra vez un guardia irrumpe en la vida de Benito, un policía que ha visto el volantazo sin la menor señalización, y le invita a aparcar a su lado dándole instrucciones de dónde tiene que colocar el culo. Se acerca chulesco a la ventanilla echándose la mano a la libreta y le dice:
— ¿Sabe caballero que ha hecho usted una maniobra que está prohibida?
Benito ve partir a su chica de carretera, pero ha podido ver el título del libro “Historia de la psiquiatría”, eso le consuela, porque él está loco, observa nostálgico su número de matrícula que va borrándose entre el tumulto que se aleja.
— ¿Quiere que le diga algo magnífico señor agente? — dice Benito con profunda tranquilidad. Que hoy he conocido a la musa que me ha salvado del folio en blanco.
Fin
—Vaya, un listillo—dijo el policía echándose la mano a la billetera como un John Wayne.
—¿Cree usted necesario multarme por avanzar a paso de tortuga, señor agente?
—Ahora mismo te extiendo la receta.
Benito, que ya veía la batalla perdida se tiró sin paracaídas:
—Pues le voy a decir una cosa—dijo indignado ante el policía cada vez más feo—la aplicación de una norma nunca debería desentenderse de su contexto real, ha de ser aplicada por un criterio humano que sepa distinguir un paso de tortuga de una conducta temeraria, porque si lo piensas bien, el concepto paso de tortuga dista mucho de ser una actitud peligrosa y es algo que nunca ha hecho daño a nadie, a menos que seas tú la tortuga y llegues siempre tarde a una convención de galápagos.
No sólo le pusieron la multa, también lo llevaron a comisaria, preguntándose él qué había ofuscado más al policía, si el hecho de que cuestionara su autoridad o el que emplease metáforas animales en su cometido. Lo sintetizó por fin en una tesis que le pareció razonable. Los policías se rigen por unos principios que se deben al cuerpo disciplinado, y si piensan que estás dudando de esos principios creen que se la estás intentando clavar y entonces te la clavan ellos porque son los que llevan la porra. Esa es la lógica del policía.
Su último susto, que le metió el estómago hacia dentro y lo dejó sin ganas de escribir unas cuantas semanas, había sido una diligencia de embargo por dos multas de las que no tuvo nunca noticia: dos semáforos que se había saltado en rojo a las dos de la madrugada hacía cuatro años. Dos semáforos que se saltó cuando el ruido de la ciudad había enmudecido y no quedaba alma triste que no quisiera llegar a su casa para refugiarse del frío. Nadie excepto la dirección general de tráfico, que con su ojo de halcón te vigila.
Después de que sus ahorros se redondearan a la intacta cifra de cero, se prometió a sí mismo que nunca más volvería a saltarse un semáforo, aunque estuviese sólo en el mundo y su única compañía fuese ese tonto muñeco encendido de rojo enfado. Ahora se quedaba parado mucho antes de un paso de cebra, dejaba respirar tranquilo al motor. Había decidido fraccionar las distancias, servir como un ciudadano modelo a esa mano enguantada que fija las normas y te birla la billetera sin que te enteres. Aceptó con el pesar de sentirse algo idiota, pero a partir de esta paciencia gremial de ciudadano correcto ha ido sin querer descubriendo nuevas cosas: la vida secreta y estática de los semáforos, lo que hace la gente en el medio minuto de esa breve espera.
Observa ahora una insólita escena que capta con su lógica cerebral como a cámara lenta: dos transeúntes esperan ante un semáforo. Un señor de unos cincuenta, que al ver el cambio de color se dispone a cruzar la ancha calzada. Pero a su vera, casi una sombra, una señora no mucho mayor arranca a la misma vez, lleva una bolsa con ropa de lencería, y ahí comienza la carrera. El hombre va pisando sólo las zonas pintadas de blanco, un paso de cebra también puede ser una impar aventura. La mujer avanza en cambio con pasos despreocupados, mira hacia delante pero su lentitud la retrasa con respecto al hombre que va como dando saltitos. La victoria parece segura, pero algo capta la atención de la mujer en mitad de la travesía y es el número de segundos que quedan para cruzar: 7, 6, 5…apresura entonces el paso temiendo a los coches que rugen en la parrilla de salida. Y el señor ¿qué hace el señor? ¿Ha perdido la cuenta de sus pasos? Se detiene un momento, tropieza, se descoordina ¿teme pisar en falso y caer engullido por el gris del cemento? Vence la señora, que alza sus brazos imaginariamente.
Al volante los hombres revelan su rostro y también su estado de ánimo, pero también algo más esencial, y es la relación que cada uno entabla con su vehículo. Ahora detiene su ojo en los semáforos como si quisiera percibir el mundo, el estudio epidemiológico de las almas conductoras. Un joven agarra el volante rodeándolo con todo el codo y es como si lo quisiera mucho. Seguro que le ha puesto nombre al trasto, le hace cariñitos y dice que es lo único que nunca le falla. Está el piloto gruñón, que parece no comprender la presencia de los demás coches. Insulta a la menor interacción mientras se desespera o hace gesto de arrancarle la cabeza a alguien. En realidad, odia su propio coche, le gustaría tener un audi, ya que el insulto y la rabia es siempre una delación de lo que eres en falta. Otro tamborilea con los dedos de una sola mano dando una sensación de impaciencia tranquila, escucha su cd con discreción individual, ha aprendido educación y singularidad. La chica que ensueña su mirada por la ventanilla del autobús, sólo desea que la trasporten, que la dejen viajar libre por sus recuerdos.
Pero entonces se fija en ella, detrás de unas gafas de sol y de una vinculación inconcreta con un seat Ibiza blanco. Se paró a su lado y la miró. Ella se giró ligeramente, hasta que se dio cuenta de que él la observaba y escondió la cabeza como un avestruz.
El semáforo no dio para mucho más. Metieron primera y se borraron en la carretera sus últimos pensamientos. Pero en la gran avenida flanqueada de frondosos árboles los coches aceleraban para tener que frenar cada poco. Así que se encontraron en el siguiente semáforo, doscientos metros más allá, en el mismo carril fiel a cada uno. Él pensó que recordaba a esa chica del semáforo anterior. Ahora le parecía más guapa aún, y sobre la guantera había observado que tenía un libro. ¿Cuál sería el título? La chica guapa y lectora, que aceleraba su coche con tranquila parsimonia y haciendo un poco de hipo en el cambio de marchas.
La chica descubre otra vez a Benito mirándola, y no es que se asuste, pero sí se molesta. «¿Qué pretende este tío con tanta miradita?» Si hubiera tenido sus impulsos alerta le habría sacado una peineta por esa invasión de su intimidad. Pero hay algo sin embargo en su cara que le recuerda a otra persona, « joder, ¿es…él?» La chica asoma curiosa la cabeza por la ventanilla y Benito le responde guiñándole el ojo. Ella se retira horrorizada, «no, no puede ser él, qué va».
El semáforo vuelve a cambiar y no da lugar a más circunloquios. Los coches avanzan otra vez, creen que van a llegar lejos, pero un poco más adelante vuelven a tropezar con un nuevo obstáculo.
La chica ya es familiar en la vida de Benito. Le dice moviendo los labios: «tú y yo estamos atrapados en el mismo semáforo», «tú y yo habitamos el mismo universo intermitente».
Ella vuelve a mirarle confusa en su idea, obsesiva como es de las fijaciones: «hostias, tiene la nariz igual ¿se habrá puesto gafas?».
Benito parece verla sonreír, pero es un gesto de duda que ella hace, torciendo la boca como si quisiera desconfiar o estuviera mordiendo un limón.
Se reanuda la marcha y Benito conduce acompañándola, pero viaja por el carril izquierdo y de pronto tiene que parar y esperar a que alguien detenido consiga aparcar. Se entristece como un impedido cuando ve pasar al Seat Ibiza que se aleja. Pero por fin el coche de delante se aparta y se hace ilusiones que confirma con su dicha. Aprieta el acelerador para volver al paralelismo, pero justo cuando está a punto de llegar a su altura (es el quinto semáforo de su tórrida unión), otro coche se entromete de pronto. Un joven mascachapas que conduce como un coreano, lleva la música a tope y tiene alerones traseros y llantas de aleación. Se quiere demostrar a través de su máquina, más simple que el mecanismo de un lápiz. Va como un relámpago y ocupa el lugar que a otro por derecho le corresponde. Benito profiere todo tipo de insultos bíblicos sobre el malhadado Fernando Alonso. Y siente afligido que algo falla, demasiados obstáculos en este corto destino, como cuando el azar le pone sus alas negras a la mariposa.
Pero el verde impulsa a los coches otra vez a salir. Se van internando en una cavidad céntrica de la ciudad, donde el tumulto de los coches y la ferocidad de los conductores impiden toda comunicación humana. Benito huele el instinto de una pequeña historia, la que ahora viven ellos dos, casualmente emparentados en la ruta, personas que se conocen en lo desconocido, solitarios e inocentes. Ha llegado de nuevo a su altura justo cuando el semáforo se volvía a cerrar, y sin más tiempo de espera, abre la ventanilla esperando que también la abra ella y poder escuchar su voz, aunque ya se la imagina. Ella abre la suya triplemente intrigada por la confusa identidad, y entre el ruido impenetrable, le pregunta:
—Oye, ¿tú eres Juanjo?
Él entiende «tú eres guapo», y un sol ilumina toda su psicología. Responde soñador:
—Tú no sólo eres guapa. Eres un cisne de la carretera.
Ella no lo entiende bien, pero en esa mayor cercanía aprecia que no es igual su hoyuelo en la barbilla, ni la intriga carnosa de sus labios, ni el porte de seguridad que asentaba su gesto y le hacía resolver con soltura cualquier problema. Le dice aclarada ya de sus dudas:
—Perdona, me he confundido, perdona…—pero él no la entiende porque los coches les empujan otra vez desde atrás.
Hay una nueva parada antes de que dos caminos se unan o se bifurquen, ya que la céntrica plaza San Agustín es el corazón dónde la ciudad bombea su sangre hacia muchos destinos distintos. Benito trata de conducir sin que el alma se le escape por la posibilidad de perderla, como si se acercase a un precipicio o a una catarata. “Si no te vienes conmigo habremos perdido la prueba”. Ella sigue su carril y tuerce a la derecha. Benito se va separando a la izquierda, hubiera deseado que decidiera ella, pero en un último miedo al abandono, Benito tuerce rápido el volante en una maniobra discutible, colándose en el otro carril justo detrás de ella.
Y otra vez un guardia irrumpe en la vida de Benito, un policía que ha visto el volantazo sin la menor señalización, y le invita a aparcar a su lado dándole instrucciones de dónde tiene que colocar el culo. Se acerca chulesco a la ventanilla echándose la mano a la libreta y le dice:
— ¿Sabe caballero que ha hecho usted una maniobra que está prohibida?
Benito ve partir a su chica de carretera, pero ha podido ver el título del libro “Historia de la psiquiatría”, eso le consuela, porque él está loco, observa nostálgico su número de matrícula que va borrándose entre el tumulto que se aleja.
— ¿Quiere que le diga algo magnífico señor agente? — dice Benito con profunda tranquilidad. Que hoy he conocido a la musa que me ha salvado del folio en blanco.
Fin
El que la hace la paga (aunque sea en sueños) - Fortunata
¡Que dolor de cabeza!, es imposible que no se me ocurra nada, lo del síndrome del folio en blanco era cosa de otros, ¿qué fue de mi inagotable creatividad, envidia de los compañeros de redacción?, ¿dónde está mi famoso sarcasmo a la hora de comentar la vida de famosos y famosillos?. No será por falta de material, ya que estas fotos son lo que cualquier chupatintas del ramo desearía: ¡ni más ni menos que David De Guarda con Mery Prada!, una criatura recién salida de un talent show con una veterana actriz clásica, para más inri casada con el cantautor izquierdoso de las esencias patrias y blanco de las iras de la derecha mediática, además ¡hay que ver qué posturas, qué lencería!.
Voy a cambiar de lápiz, a ver, ¿dónde estará el gris de siempre?, ese siempre me da buenas historias.
¡Que calor, que sed!, nada, no hay manera, es que no puedo ni empezar, ¡una palabra por favor, sólo una y luego ya sigo! Voy a beber zumo de limón ¡que fresquito!
Llaman, ¿quién será?, voy a ver por la mirilla, no me apetece que me vean con estos pelos, ¡Dios, no!, es imposible, ¿qué hace Alicia Guillén en mi puerta?, es una venganza, seguro; querrá pegarme o algo peor, pero tenía que publicarlo ¡no puedo dejar que se me adelanten! La verdad puede que le haya destrozado su carrera, pero si no lo hago yo lo hace otro y ya puestos mi propio puesto de trabajo también tiene un valor, digo yo. Sigue, que agobio, ¿no puede parar?, ¡por favor!, ¿dónde estoy?, ¡es el despertador, que alivio, ha sido un sueño!, ya tengo el artículo escrito en la mesilla, ¡qué bien! pero casi lo voy a suavizar un poco, ahora que recuerdo igual fui algo dura...
Insaciable - K. Marce
Escuchó la campanita sonar con violencia. Hoy tampoco
amaneció de buen humor, aunque recientemente no lo tenía. La joven avanzó por
el largo corredor hasta los aposentos de la señora de la mansión; quién
acostada con fina lencería, yacía en su cama con ebúrneas columnas, blancos cojines de terciopelo y cortinas de seda. La
dama extendió la mano para que la ayudara a levantarse. Tenía el rostro lleno
de arrugas y altivez. Una vez sentada, extendió los brazos para que se le
colocara su bata de organza con millares de vuelos a lo largo de las mangas y
el cuello. Ella misma se ató, caminando descalza por la nívea alfombra. Acomodó
sus cabellos blanquecinos, colocando una tiara sobre ellos.
—Hoy trabajaré temprano —Buscó sentarse en la silla de piel,
como inmaculada nieve, en su escritorio de vidrio—. ¿Qué haces ahí parada? ¡Ve
por mi trago!
—Mi señora, apenas son las siete de la mañana...
Se volvió para verla inclinando el mentón. Sus ojos verdes
aguileños hicieron un gesto de indiferencia y, sacudiendo la mano, le dio señal
que se retirara.
La joven cerró la puerta, dirigiéndose al bar para preparar
ese trago que ella tomaba cuando buscaba inspirarse: Gin tonic con limón.
«Se cree Hemingway que necesita estar alcoholizada para
escribir...» —la reprendía en sus pensamientos—. «¡Otra mañana de lo mismo!».
Porque la joven había trabajado con la señora veinte años.
La conocía bien. Al principio esa prepotencia en la dama no existía. La conoció
cuando tenía catorce años y aquella mujer era hermosa, llena de vida, alegre,
juguetona. Su encuentro fue en un parque, entre palabra y palabra, ambas simpatizaron.
Comenzaron a encontrarse en ese lugar. Rodeadas de ese verdor que destacaba los
multicolores de las flores, el canto de las aves, la algarabía de la gente que disfrutaba
también de esas tardes de primavera infinita. La mujer le dijo: «Múdate
conmigo, seremos muy felices». La niña ingenua, llena de ilusiones aceptó
rendida, completamente inspirada por la vivaz mujer.
En aquel entonces vivían en una casita pintoresca, con
paredes pintadas cada una de diferente color. ¡Es que parecía sacada de un
cuento! Una entrada cargada de laureles, margaritas y girasoles. Su interior
parecía un jardín de niños; con estantes con libros, lápices y hojas en blanco.
La mujer solía vestir de algodón con colores brillantes. Un día le confesó: «Mi
niña querida, no quiero imaginarme el mundo, o charlarlo contigo, quiero
escribirlo». La chica le dijo: «Hazlo, persigue tus sueños».
El sonido de la campanita la hizo regresar a la realidad,
apresuró el paso para dejar sobre el escritorio la bandeja con la bebida. La
dama tenía la mirada en la nada, mordía su uña, buscando en su mente una idea.
Bebió un sorbo. Sacó un lápiz, para meterlo entre los cabellos, reposado en la
tiara de cristales.
«¿Creerá que eso le servirá de antena?», pensó la joven.
Haciendo reverencia, buscó retirarse.
—¿A dónde crees que vas? —refutó la dama—. Voy a trabajar,
pero no voy a perder el tiempo yendo y viniendo por alguna cosa. Te quedas aquí
cerca, por si te necesito.
—¿Ha escrito algo, mi señora?
—Nada todavía. Me caería bien un chocolate… unas galletas,
una fruta, algo de música. Ve y hazlo. Algo vendrá con el estómago lleno.
La joven colocó la música favorita, para después complacerle
los antojos a la mujer. Pero una vez que hubiera comido, la página seguía en
blanco.
—Hay algo que no estoy haciendo bien —volvió a verla con sus
ojos verdes empequeñecidos, escudriñándola—. ¡Tú no me estás ayudando en nada!
—Hago todo lo que me pide, mi señora. Pídame y lo haré.
—Es qué no sé qué escribir. Debe ser mucho mejor que lo
último que hice. Más intenso, más emocionante. ¡Pero se me ha secado el
cerebro, no puedo quedarme en blanco, no puedo!
—Escriba sobre el amor, a todos les encanta.
—Basta de eso que me aburres. Hace mucho dejé de ser
romántica. El amor es una bobada que no existe, apenas es atracción, soledad o
lujuria. Ni los hijos aman a sus padres...
La joven buscó abrir las cortinas blancas y pesadas para que
entrara la luz. La mujer suspiró aburrida.
—Mi señora, ¿y si salimos afuera?, hace un día hermoso. El
parque sigue verde, la gente está feliz. Seguro que al verlos, ver las nubes o
las aves, la inspire...
—¡No seas ridícula, criatura! Yo ya no escribo cuentos. ¿Es
qué lo has olvidado? Años y años escribiendo sin parar, para que nadie excepto
tú lo leyera. Hasta que leíste sobre ese concurso y nos entusiasmamos, para no
ganar nada —se burló—. «Haga un blog», me dijiste... Y ahí empecé a ser menos
anónima. ¿Pero te has olvidado de todas las madrugadas que cabeceabas a mi
lado, ibas y venías por tazas de café; hasta que un día quedó terminada mi
novela? Cuánto caminamos, cuántas puertas se nos cerraron en las narices. Nos
dimos aliento la una a la otra hasta lograrlo. ¡Publiqué!
—¿Cómo he de olvidarlo, si en todo su camino yo fui
partícipe? Sufrimos mucho, lloramos juntas y también la alegría nos colmó. Miré
lo que ha logrado. Dejó su casita, se mudó a una más grande y más libros vinieron.
Luego se mudó aquí... a esta mansión, toda blanca, tan vacía. Y usted solo se
encerró...
—¿Eres idiota, o te haces? —gritó furiosa— Para que pueda
llenar esta mansión de lujos, de cosas hermosas, ¡debo trabajar, cada vez mejor!,
¿cómo voy a escribir, si pierdo el tiempo viendo gente, flores o ardillas? ¿Qué
va a producirme una playa, sino solo insolación? Niña ingenua.
—Podría escribir cualquier cosa. A medida que lo haga,
mejores ideas vendrán. No puede escribir, si no escribe...
—¡Vete! —Le señaló la puerta— ¿"Cualquier cosa"?
Si qué es mediocre... —dijo entre dientes—. Cuando se ha alcanzado la cima...
¡se buscan las estrellas!
La joven sintió pena de su señora; pero mucho más molestia.
Sin decir nada, cerró las puertas a sus espaldas. Pensó en cómo un poco de
éxito le robó el amor por las letras.
—¡Ya me tienes harta, Clio! Quédate encerrada en tu
"mastermind”. ¡Musa egoísta! Fuimos
compañeras y ahora soy tu esclava. ¡Hasta aquí! —dijo levantándose la joven del
escritorio, cerró la portátil—. ¡Yo voy a vivir! Veré los colores, oleré las
flores, disfrutaré los ruidos, gustaré los sabores, hablaré con la gente...
¡Saldré a bailar!... Y otra musa vendrá a mí.
Cerró la puerta para ir al parque.
El folio en blanco - Ana de la Hoz
Son las seis de la mañana de un día más con la cabeza hueca. Cierro los
ojos, respiro profundo y trato de relajarme. No quiero levantarme de la
cama sin una idea fuerte para desarrollar el texto. Odio verme de nuevo
frente a computadora, contemplando la hoja en blanco, vacía, expectante,
retadora.
El relajamiento se va por otro lado y me quedo dormida.
Decido levantarme y darme una ducha tibia, ni caliente ni fría. Lavo mi cabello y me doy un suave masaje. Intento despertar las ideas. Se acaba el agua caliente.
Hago un poco de ejercicio. Desayuno ligero para evitar la pesadez. Mis gatos duermen. Se me ocurre una historia en la que despierto y mis gatos se han convertido en tigres. O que yo me he convertido en gato. No, relatos fantásticos no, los odio.
A medio día me pongo a buscar en Internet cómo hacen otros para motivarse a escribir. Encuentro rituales previos de famosos: Ernest Hemingway sacaba punta a seis lápices número dos. Schiller olía una manzana antes de empezar a escribir, y Dahl usaba lápiz amarillo.
Empiezo por los lápices. Consigo cuatro aunque no todos número dos ni amarillos. Con sumo cuidado les saco punta. Los ordeno por tamaño sobre el escritorio. Cierro los ojos pensando en la madera del lápiz, el grafito, el viejo, el mar, el suicidio. Momento. No sé quién es Dahl. Inicio la búsqueda. Autor de Charly y la Fábrica de Chocolates. Gran película, Johnny Deep, conflictos con el padre. El mar trae una botella con el nombre del padre, al que el protagonista de mi historia ha buscado desde siempre. Es el viejo que de niño le regalaba chocolates…No, tema trillado.
Paso a lo de la fruta. No tengo manzanas. Saco del refrigerador medio limón. El olor me transporta a la tierra caliente, la selva, ruido de pájaros. Hombres y mujeres que trabajan la tierra de sol a sombre sufren y además aman, tienen hijos. Sí, pero no tienen que encontrar tramas que escribir. El personaje principal es el capataz de la plantación y se enamora de una de las trabajadoras, que resulta ser una princesa india con poderes ancestrales que…No, por Dios.
Por la tarde cambio de estrategia. Me voy a lo esotérico. Dar once vueltas en círculos usando un solo pie. Lo descarto por peligroso. Usar lencería de color rojo. Busco en mis cajones. Sostén rosa y pantaletas negras.
A las ocho de la noche, bingo. Lo tengo: cambiar hojas blancas por hojas de color. No tengo. Con acuarelas pinto tres hojas, cada una con un color primario. Mientras se secan preparo te de yerbabuena con pimienta y cinco ajos.
No puedo salir del baño por la diarrea. Tiemblo por estar tantas horas en lencería.
Me voy a la cama. Pongo los lápices y las hojas de colores bajo la almohada.
Antes de quedarme dormida pienso en un gato color limón que está afanoso escribiendo una historia.
El relajamiento se va por otro lado y me quedo dormida.
Decido levantarme y darme una ducha tibia, ni caliente ni fría. Lavo mi cabello y me doy un suave masaje. Intento despertar las ideas. Se acaba el agua caliente.
Hago un poco de ejercicio. Desayuno ligero para evitar la pesadez. Mis gatos duermen. Se me ocurre una historia en la que despierto y mis gatos se han convertido en tigres. O que yo me he convertido en gato. No, relatos fantásticos no, los odio.
A medio día me pongo a buscar en Internet cómo hacen otros para motivarse a escribir. Encuentro rituales previos de famosos: Ernest Hemingway sacaba punta a seis lápices número dos. Schiller olía una manzana antes de empezar a escribir, y Dahl usaba lápiz amarillo.
Empiezo por los lápices. Consigo cuatro aunque no todos número dos ni amarillos. Con sumo cuidado les saco punta. Los ordeno por tamaño sobre el escritorio. Cierro los ojos pensando en la madera del lápiz, el grafito, el viejo, el mar, el suicidio. Momento. No sé quién es Dahl. Inicio la búsqueda. Autor de Charly y la Fábrica de Chocolates. Gran película, Johnny Deep, conflictos con el padre. El mar trae una botella con el nombre del padre, al que el protagonista de mi historia ha buscado desde siempre. Es el viejo que de niño le regalaba chocolates…No, tema trillado.
Paso a lo de la fruta. No tengo manzanas. Saco del refrigerador medio limón. El olor me transporta a la tierra caliente, la selva, ruido de pájaros. Hombres y mujeres que trabajan la tierra de sol a sombre sufren y además aman, tienen hijos. Sí, pero no tienen que encontrar tramas que escribir. El personaje principal es el capataz de la plantación y se enamora de una de las trabajadoras, que resulta ser una princesa india con poderes ancestrales que…No, por Dios.
Por la tarde cambio de estrategia. Me voy a lo esotérico. Dar once vueltas en círculos usando un solo pie. Lo descarto por peligroso. Usar lencería de color rojo. Busco en mis cajones. Sostén rosa y pantaletas negras.
A las ocho de la noche, bingo. Lo tengo: cambiar hojas blancas por hojas de color. No tengo. Con acuarelas pinto tres hojas, cada una con un color primario. Mientras se secan preparo te de yerbabuena con pimienta y cinco ajos.
No puedo salir del baño por la diarrea. Tiemblo por estar tantas horas en lencería.
Me voy a la cama. Pongo los lápices y las hojas de colores bajo la almohada.
Antes de quedarme dormida pienso en un gato color limón que está afanoso escribiendo una historia.
VIOLACIÓN MORAL - El Chaval
Tiene varias carpetas donde guarda escritos de cuentos varios, pero
cuando encima de su mesa dispone un nuevo folio para iniciar algo nuevo,
los ojos se le vuelven estrábicos de tanto mirar sin ver.
Lápiz duplicado –lo prefiere al ordenador—y algo escrito pero tachado, se le aparecen como líneas paralelas semejantes a las vías del tren. La mente, en blanco, con la mano izquierda apoyada en la frente que va resbalando sin fuerza, parece demostrar que el peso de la nada es superior al pensamiento.
Si pasa un tiempo en esta situación de dejadez mental, le vienen ganas de aflojar la presión de la vejiga, esperando que cuando vuelva la inspiración o musa esté ya presente en la mesa, para señalar el camino en este desierto que representa el folio en blanco. Se prepara un té y, entre sorbo y sorbo, en vez de pensar en lo correcto tiene la mente puesta en un recuerdo que le resulta desagradable, por no saber reaccionar conforme a la dignidad.
<<Era la tarde de pasar por la biblioteca a entregar y retirar dos libros que tenía reservados, cuando al pasar por delante de un portal sale una señora que, con acento extranjero me espeta cogiéndome del brazo. – ¡No se acuerda de mí! de la panadería, que le sirvo el pan en algunas ocasiones. Venga, venga aquí dentro, que le enseñaré un producto para conseguir bienestar corporal y además con ello se gana mucho dinero con la venta.
Estaba perplejo, no reaccionaba ante aquella avalancha de palabras proveniente de una señora rellena en carnes y que me atrae hacia el interior, para enseñarme unos sobres con nombre comercial indescifrable y unos cuantos billetes de 20 euros. Dice ser una fórmula húngara en polvo a base de frutas del bosque y con sabor a limón, muy agradable de tomar con agua en el desayuno.
--Tenga, me dice, y me abre la cremallera del bolso y deposita cuatro o cinco sobres y dos billetes de 20 euros ante mi cara de estupefacción. No sabía que hacer, no comprendía, estaba obnubilado y paralizado, mientras me empujaba hacia una zona oscura y manoseando por todo el cuerpo; que hacía mucho tiempo que no estaba con un hombre, y dándome golpecitos en la entrepierna me coge una mano y la conduce por debajo de la falda hacia su entrepierna, que no llevaba lencería alguna y moviéndose al ritmo de alguna música que ella solo debía oír.
Cómo me apretaba a su cuerpo; yo también apretaba, pero al bolso, porque mi mente algo atrasada en digerir lo que estaba pasando, empezaba a despertar ante tamaña grosería y forma de querer engañar para intentar apropiarse de lo que podía ser interesante para ella.
Punto final a un mal recuerdo, cuando en la puerta –supongo un vecino de la casa—gritaba como energúmeno para que saliéramos de allí. Qué vergüenza al pasar delante y con la mujer detrás gritando para que le devolviera lo que había puesto en el bolso. ¡Qué mal rato! Soy hombre prudente, ingenuo y tonto y le entregué lo que pedía, antes de que se formara un corro de gente que ya me miraba de forma extraña, ante la vociferante señora insatisfecha.
--Estoy sudoroso, pero creo que ya puedo empezar las primeras líneas sin miedo, salga lo que salga, después me iré serenando para seguir exponiendo lo que llevo en mente.
Lápiz duplicado –lo prefiere al ordenador—y algo escrito pero tachado, se le aparecen como líneas paralelas semejantes a las vías del tren. La mente, en blanco, con la mano izquierda apoyada en la frente que va resbalando sin fuerza, parece demostrar que el peso de la nada es superior al pensamiento.
Si pasa un tiempo en esta situación de dejadez mental, le vienen ganas de aflojar la presión de la vejiga, esperando que cuando vuelva la inspiración o musa esté ya presente en la mesa, para señalar el camino en este desierto que representa el folio en blanco. Se prepara un té y, entre sorbo y sorbo, en vez de pensar en lo correcto tiene la mente puesta en un recuerdo que le resulta desagradable, por no saber reaccionar conforme a la dignidad.
<<Era la tarde de pasar por la biblioteca a entregar y retirar dos libros que tenía reservados, cuando al pasar por delante de un portal sale una señora que, con acento extranjero me espeta cogiéndome del brazo. – ¡No se acuerda de mí! de la panadería, que le sirvo el pan en algunas ocasiones. Venga, venga aquí dentro, que le enseñaré un producto para conseguir bienestar corporal y además con ello se gana mucho dinero con la venta.
Estaba perplejo, no reaccionaba ante aquella avalancha de palabras proveniente de una señora rellena en carnes y que me atrae hacia el interior, para enseñarme unos sobres con nombre comercial indescifrable y unos cuantos billetes de 20 euros. Dice ser una fórmula húngara en polvo a base de frutas del bosque y con sabor a limón, muy agradable de tomar con agua en el desayuno.
--Tenga, me dice, y me abre la cremallera del bolso y deposita cuatro o cinco sobres y dos billetes de 20 euros ante mi cara de estupefacción. No sabía que hacer, no comprendía, estaba obnubilado y paralizado, mientras me empujaba hacia una zona oscura y manoseando por todo el cuerpo; que hacía mucho tiempo que no estaba con un hombre, y dándome golpecitos en la entrepierna me coge una mano y la conduce por debajo de la falda hacia su entrepierna, que no llevaba lencería alguna y moviéndose al ritmo de alguna música que ella solo debía oír.
Cómo me apretaba a su cuerpo; yo también apretaba, pero al bolso, porque mi mente algo atrasada en digerir lo que estaba pasando, empezaba a despertar ante tamaña grosería y forma de querer engañar para intentar apropiarse de lo que podía ser interesante para ella.
Punto final a un mal recuerdo, cuando en la puerta –supongo un vecino de la casa—gritaba como energúmeno para que saliéramos de allí. Qué vergüenza al pasar delante y con la mujer detrás gritando para que le devolviera lo que había puesto en el bolso. ¡Qué mal rato! Soy hombre prudente, ingenuo y tonto y le entregué lo que pedía, antes de que se formara un corro de gente que ya me miraba de forma extraña, ante la vociferante señora insatisfecha.
--Estoy sudoroso, pero creo que ya puedo empezar las primeras líneas sin miedo, salga lo que salga, después me iré serenando para seguir exponiendo lo que llevo en mente.
El lugar donde habitan las arañas - Martin S.G.
Tumbada sobre el sillón de dos
cuerpos, un aroma floral invadió las narinas de Camila. Ella sabía
que en la habitación había plantas, pero estas eran artificiales.
- ¿Será este el olor a naturaleza
muerta? Ironizó para sus adentros.
Cuando sus pulsaciones se normalizaron,
se dispuso a pensar en voz alta, cumpliendo así con la consigna
principal del ejercicio que está tan de moda y que cada vez atrae a
más y más gente.
Una libre expresión de palabras se
agolpó en su garganta, con ansias de salir a chorros e inundar la
habitación. Tal vez eso, era lo que tenía atravesado hace ya mucho
tiempo y le entorpecía respirar. Fue así que exteriorizó que en el
último tiempo, la sensación se había intensificado. No le permitía
dormir, y si lo hacía, se despertaba en medio de la noche, alrededor
de las cuatro de la mañana, para darse cuenta que todo seguía
igual; y si no había sido una pesadilla más, era un desvelo donde
el vacío adueñaba su mente y con suerte, en algún momento, las
almohadas la llevaban otra vez al laberinto de los sueños.
Contó también en voz alta, más bien
reflexiono, que su situación no dependía del contexto. Ella se
había convencido de que no servía, que no estaba hecha para esto.
Que así tuviera el tiempo y las comodidades predilectas, iba a
fracasar, siempre.
Camila llegaba a su departamento y
sentía meterse en un cubo oscuro, sin ventilación ni ventanas.
Cuando se disponía noche tras noche a plasmar sus ideas, le
sobrevenía la angustia. Se le cerraba el pecho. No entendía que le
pasaba por dentro, algo más tomaba control de sus pensamientos.
Sentía estar en un vértice del cubo, sobre el suelo, sentada,
rígida, mirando al frente por horas, sin tener a donde ir. Pues al
otro lado no había más que oscuridad y otra pared, y otra esquina.
No veía escapatoria, y esto, por supuesto, la tenía intranquila.
Este estado además de haberse hecho
dueño de sus noches, también lo estaba haciendo de sus mañanas y
su cuerpo. Su cara, amarga y sin expresiones, la ropa cada vez menos
ajustada y con más orificios a pasar en sus cinturones, y sus
energías, cada vez más reacias en aparecer al despertar, habían
comenzado a llamar la atención de sus compañeros en el trabajo.
Por fortuna una alarma se encendió
dentro de ella, y así fue que comenzó con estas pláticas en voz
alta. Que no la convencían, pero ante la insistencia y recomendación
de quienes la veían mal, las puso en práctica.
Noche tras noche, en una especie de
ritual inspirador, y con el afán de no sentirse agobiada al entrar,
daba dos vueltas a las llaves de su apartamento, y atravesaba el
marco de la puerta. Encendía el velador de la mesa ratona, dejaba
las llaves en el cenicero con forma de limón y desfilaba a su pieza,
donde se desnudaba y pasaba a darse un baño.
Al salir cogía una de sus bombachas, y
sin más lencería, la cocina era la siguiente parada. Un yogur
oficiaba de cena y la mesa del comedor se convertía en cómplice y
testigo de su soledad y la desdicha que se avecinaba.
Se acomodaba un lápiz entre sus
cabellos para fijarlos en un rodete, y así, sentada frente a la hoja
en blanco del ordenador, disponía sus manos sobre el teclado de
forma que los diez serviles dedos se movieran y hablasen como ellos
quisieran. El silencio era ensordecedor.
Silencio y vacío. Silencio y otra vez
la sensación de estar atrapada en un cuerpo que no era suyo. Un
cuerpo que no podía controlar y que la desquiciaba por no poder
hacerse cargo de él.
Se percibía
atrapada y envuelta en una red donde cada movimiento era en vano
hasta el día siguiente, en donde su rutina y las obligaciones la
liberaban por un momento, pero al volver la noche, era cazada otra
vez. Igual que en estás charlas en voz alta que una vez por semana,
la retenían durante sesenta minutos y transcurrían a un módico
precio de cuatrocientos cincuenta pesos con su frase final: “Hoy
hicimos un avance importante Camila, volvé el próximo Viernes”.
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