jueves, 17 de mayo de 2018

FULGOR EN LA OSCURIDAD - Maurice

Fatigado, quedó detenido al ingreso de la caverna. Desde el fondo le llegó el rugido. Se dio cuenta que la historia del maestro había dejado de ser legendaria.

Takeo se educó desde pequeño en el ancestral templo Kotoku─in, bajo la guía del maestro Yasuhiro, de la dinastía Chang. Era voluntad de sus padres, que el mayor de sus hijos creciera en la disciplina ascética.
Para el sabio budista, el ser humano podía lograr la mayor perfección, solo si alcanzaba el dominio de sí mismo, y con esto, un estado de paz interior permanente. Takeo fue el primero de sus discípulos en entender este principio, pero no podía incorporarlo a su existencia. Desde niño, el joven era ocasionalmente presa de un sueño terrorífico: un monstruo lo perseguía asediándole por montes y valles; jamás lo alcanzaba, pero tampoco dejaba de atormentarlo. En la pesadilla, la historia nunca acababa; era un reciclaje permanente del proceso siniestro y desolador.
En su estrategia pedagógica, Yasuhiro narraba la leyenda del dragón Fudo. Habitante del Himalaya, custodiaba en su guarida el arcón milenario “de las emociones”. Así, deseaba transmitirles que solo mediante el coraje y el heroísmo, podrían derribar al “gran mal”, dejando que emergiera el Bien Supremo. Claro que, para Takeo, éste mito se transformo en realidad desde el momento en que advirtió que debía enfrentar a la “bestia” para su liberación definitiva.
Se dirigió al sur, y durante mucho tiempo buscó, a lo largo del gran Himalaya, una señal para llegar a la remota cueva. Caminó en soledad, sorteando ríos, valles y montes nevados; las alturas siderales le hicieron presentir la presencia de Dios, fuere quien fuere; habló con gente de pueblos milenarios. Algunos decían haber escuchado sobre Fudo, pero nadie lo había visto. Era evidente que lo que comenzó siendo leyenda (según él mismo interpretó de su maestro), cada vez más adoptaba forma concreta en la imaginación de los lugareños. El monstruo vivía en el corazón de la montaña. Hacia allí debería dirigir sus pasos.

—La cueva la hallarás detrás del monte Akiyama ─ dijo el anciano mientras ordenaba enceres en el establo─; aquel del pico nevado que ves donde se oculta el sol. Deberás llegar hasta allí, y solo. Quienes fueron antes, jamás regresaron. En la aldea se cree que el mismo demonio está encarnado en Fudo. Pensó que pagaba un precio muy alto por su libertad. Tal vez, era razón suficiente para que muchos murieran esclavos.
Le llevo dos días atravesar el valle y la montaña hasta encontrar la oscura entrada.

Caminó a tientas por la oscuridad absoluta. Solo la luz de la tea hecha con tela embebida en aceite, interrumpía la penumbra. El miedo atenazaba sus sentidos, pero el pensamiento de los frutos que recogería, lo impulsaba a avanzar. Y el rugido se escuchaba más cerca. Pensaba que solo contaba con un puñal, regalo de su padre. Palpando la roca fría en derredor, notó la interrupción de la pared, como si el estrecho espacio por el que se desplazaba se ampliara a un abismo infinito y profundo.
Por instantes interrumpió sus pasos, sin decidir qué hacer. Desplazó la débil antorcha hacia adelante, y la tenue claridad se acentuó con lo que él creyó una hoguera, en el otro extremo. Su impresión pronto fue contrariada: el fuego provenía de la garganta del espantoso… ¿animal? La llamarada salía junto a un estrepitoso alarido proveniente del rugoso vientre, invadiendo el tenebroso espacio, tan luctuoso cómo el ser que lo habitaba.
Intentó sorprenderlo por atrás, pero la bestia lo descubrió mostrándole los verdes ojos que resaltaban en la oscuridad. Aprovechando las aptitudes físicas aprendidas, apagó la tea, trepando a una terraza labrada en la roca. Pensaba que si lograba inutilizar unos de sus ojos, le sería más fácil llegar al corazón. Saltó en la penumbra desde la terraza, aprovechando la claridad dada por el fuego que salía de la boca del dragón; se posicionó en el lomo de la bestia y escaló, aprovechando sus escamas, hasta llegar a la cabeza, mientras el monstruo se zamarreaba para desprendérselo. Levantando el puñal con ambas manos, lo hundió en su ojo izquierdo. Fudo entró en un frenesí de dolor y violencia, arrojando a Takeo por los aires, hasta chocar con las rocas aledañas.

Al regresar de su inconsciencia. El silencio en medio de la fría oscuridad, lo atemorizó dándole una sensación inminente de muerte. No sabía cuánto tiempo transcurrió desde que el dragón lo expulsara por el aire. Solo encontró una llama cerca de donde él estaba y al lado, una sombra que no podía identificar. Se acerco con dudas. El ruido ensordecedor de unos instantes atrás, dio paso a un silencio molesto. Al llegar junto a la pequeña hoguera, comprobó que la sombra siniestra correspondía a un pequeño baúl, de madera gastada y correderas metálicas. Fabrico otra tea. Alzó la tapa del arcón e iluminó en su interior con el corazón a punto de explotar. Pero nada halló. Se preguntó dónde estaría ahora Fudo, a la vez que se sentía revestido de una extraña serenidad, cómo si hubiese desembarazado de pesada carga. Emprendió el camino de regreso por el túnel oscuro hasta ver una luz que parecía indicar la salida.
Se sorprendió verse recostado en su sencilla cama, en el monasterio. El sol se colaba por la ventana de la celda. Sentado a su lado, el maestro Yasuhiro lo observaba sonriente. Quiso decir algo, pero el sabio lo interrumpió:
—Levántate, sal a la vida. Venciste tus miedos.
Comprendió que había ganado la batalla por el dominio de sí mismo. El arcón de las emo-ciones fue cerrado y el dragón interior sepultado para siempre.

***

Nota: El relato fue enviado para ser publicado en la recopilación, pero el autor del mismo también tiene un blog propio, si deseas visitarlo y dejarle un comentario también ahí puedes hacerlo, solo dale clic al enlace: http://mauricenipapaian.blogspot.com.ar/2018/05/fulgor-en-la-oscuridad-para-literautas.html

LA CUEVA DEL DRAGÓN - Labajos

No podía esperar más, había llegado el momento tan postergado. Cualquier error ocasionaría consecuencias no deseadas, pero no tenía más remedio que invadir el territorio de la querida e irascible criatura.

No siempre había sido así. La cría nació con un tamaño muy pequeño, tan desvalida y tierna que enamoraba a todo el mundo, en sus primeros años no paraba de jugar. Era un ser adorable. ¿Como imaginar esa repentina transformación? Puede que fuese su propia naturaleza, las hormonas...¡Sabe Dios! A medida que se aproximaba a su estado adulto, desarrolló un notable incremento de ferocidad, materializado en bramidos que, cual fogaradas, expulsaba de sí con energía en los momentos de irritación.

En la puerta del antro, un cartel anunciaba las consecuencias de una entrada no deseada. Aun así, penetró sigilosamente, procurando no tropezar con la infinidad de objetos que alfombraban la estancia mal ventilada, el ambiente estaba recalentado. Un olor especial, como a hierba quemada, lo invadía todo. Vió brillar las llaves, se acercó, ya las tenía en las manos y cuando procedía a salir rápidamente, pisó algo que produjo un crujido apenas audible. Su rostro se crispó, casi podía oír los latidos de su corazón acelerado. En ese momento, la durmiente a sus espaldas se incorporó gritando: “¡Papá, fuera de mi habitación!”. Salió de inmediato cerrando la puerta tras de sí, suspiró aliviado y sonrió reconociendo que el próximo fin de semana volvería a dejarle el coche.

RECUERDOS BORROSOS - Ilcarbo (R)

Una pequeña gota se desprendió del techo y cayó sobre su cara, sutil pero lo suficientemente molesta como para despertarlo. Confundido miró a su alrededor en busca de alguna referencia, algo que pudiera anclarlo a la realidad, pero lo único que encontró fue oscuridad. Sentía un dolor punzante en la nuca, como si su cerebro estuviera tratando de abrirse paso a martillazos por su cabeza. Lo último que recordaba era estar contándole un cuento a su hijo, alguna tontería llena de dibujos que hablaba de caballeros y lejanas tierras fantásticas, pero después de eso todo se ponía borroso. Con un poco de dificultad trató de recordar cómo había seguido su noche, pero no conseguía que sus recuerdos formaran una secuencia coherente. Sabía que en algún momento su hijo había decidido, por fin, cerrar los ojos y que él se había retirado de la habitación con movimientos de los cuales un ninja estaría celoso, pero luego era todo gris nuevamente, con imágenes inconexas que se materializaban en su mente: un vaso de whisky, un partido viejo que estaban repitiendo en la tele, observar los dibujos de armaduras y criaturas en el libro de su hijo, una pequeña discusión inocente con su esposa… Lo que no podía recordar bajo ningún punto de vista era haber salido de su casa y menos a esas horas de la noche, pero entonces ¿cómo había llegado a este lugar? Fuera lo que fuera este lugar.

Sin expectativas de aclarar el pasado decidió probar con el presente, y trató de ubicarse en tiempo y espacio (inmediatamente descartó la idea de encontrar el tiempo en esa ecuación). Podía sentir la humedad y el calor del lugar envolviendo cada centímetro de su cuerpo, generando una pegajosa capa de sudor sobre su piel y para hacer las cosas un poco más incómodas, un penetrante olor a azufre llenaba el aire. Poco a poco su visión se fue adaptando a la oscuridad, permitiéndole ver el lugar donde se encontraba. Las paredes eran de roca, irregular aunque bastante pulida, al igual que el suelo y el techo del que colgaban infinitas gotas de un líquido blancuzco, pequeñas lanzas amenazantes. Cuidadoso, comenzó a caminar hacía el único lugar posible, dando pequeños y temerosos pasos. A medida que avanzaba el calor era cada vez más abrumador pero la perspectiva de salir de ese lugar refrescaba su esperanza y lo hacía avanzar. A lo lejos se detectaban dos luces rojizas, deberían estar a una distancia enorme porque desde su lugar simplemente parecían dos ojos. De pronto un rugido, como un estallido llenó toda la cueva y se replicó en su cabeza, se tiró al suelo esperando el derrumbe, pero este nunca llegó. Confundido y atemorizado se levantó y fue entonces cuando recordó con claridad el cuento que le había leído a su hijo la noche anterior y lo comprendió. Estaba dentro de la cueva del dragón.

En ambos mundos - Leosinprisa (R)

Los ojos amarillos, grandes como soles en la plenitud del mediodía y con ese brillo interior que solo los seres imbuidos de antigua magia poseen, observaban a la recién llegada. Una humana pequeña, una de sus crías, seres insensatos y desvalidos como no había otros en la creación.

La niña caminaba, con su juguete de trapo entre sus brazos, internándose en la profunda cueva para guarecerse de la lluvia y el viento helado del exterior. Sus pasos eran lentos, indecisa al descubrir que en aquel lugar habitaba la luz y era acogedor frente a la hostilidad que reinaba afuera. Miles de hongos brillaban en su techo, con un resplandor verde azulado, proporcionándole la seguridad que le faltaba para adentrarse en lo desconocido. Se imponía el silencio y un suave viento, cálido y susurrante, que la golpeaba en sucesivos intervalos, secaba sus húmedas ropas.

Estornudó, y sintió un escalofrío. Se había demorado en encontrar ese refugio y el malestar general era un justo pago por su torpeza. Sus padres le habían enseñado a vivir en la naturaleza y...

Los dos ojos amarillos contemplaron como la niña se quedaba rígida. Algo en ella parecía roto, como el muñeco deshecho con forma humana que abrazaba con desesperación. La estudiaron con cuidado, con el detenimiento que una mente preparada por la experiencia de incontables años de vivencias y conocimientos, poseía. Decidió cambiar, y los ojos amarillos disminuyeron de tamaño para adaptarse a su nueva forma, avanzando desde su escondite hasta encontrarse con la cría humana.

Casta, pues ese era el nombre de la niña que se estremecía con su mirada vacía, se dio cuenta de que allí había alguien más. Otra niña, de cabellos oscuros con un extraño mechón irisado, que la observaba plena de curiosidad en su rostro.

—Hola —dijo Casta a la desconocida, aún aturdida por sus pensamientos.

—Hola, ¿quién eres? A mi madre no le gustan los intrusos —dijo la niña del mechón irisado, con una voz tan cálida como aquel viento que agitaba las ropas de ambas.

—Soy Casta de Villanada. Me he perdido —contestó con agitación en sus palabras.

—Pues ahora te he encontrado. Perdida y hallada la niña se encuentra salvada —habló como si aquella situación fuera un amable juego.

—¿Cual es tu nombre? —preguntó Casta confusa.

—¡Mi nombre! —la niña de la cueva se quedó pensativa—. Puedes llamarme Ancalagonaseurixmelandindraga.

—Ancala... —Casta se veía incapaz de recordarlo.

—Con Anca me basta —rectificó con rapidez.

—Sí, Anca, es más corto y bonito.

Anca sonrió, aunque a ella, su nombre completo, mucho más largo que el abreviado que había nombrado en primer lugar, le parecía perfecto, pero la humana no sabía captar los diversos matices que se perdían con tan corto enunciado, por ello decidió adaptarlo a una extrema simpleza que Casta pudiera comprender. Sin embargo, era evidente el deplorable estado en que se encontraba la visitante. Estaba enferma, los ojos delataban una fuerte fiebre y su cuerpo se estremecía, a punto de desmayarse. Se acercó hasta ella para detenerse al alcance de sus brazos.

Casta pudo ver que aquella niña de la cueva tenía unos ojos brillantes, amarillos, muy raros. No eran como los de otras personas que conocía. Su pupila era alargada, como la de los reptiles que su padre cazaba. Aquel recuerdo la hizo estremecerse con fuerza.

—¡Papá! ¡Mamá! —gritó desesperada.

—¡Chiss! vas a despertar a mi madre —dijo Anca mirando preocupada hacía el interior de la cueva. Casta se inclinó como un árbol que hubiera sido cortado de un solo tajo, la otra niña la agarró evitando que se golpeara contra el suelo de piedra. El viento cálido se detuvo. Anca sabía lo que eso significaba: ella se acercaba.

Los poderosos pasos se transmitieron con fuerza por el piso de la cueva. Anca cogió a Casta y la escondió en una grieta, fuera de los escrutadores ojos de la vengativa dragona, quien había perdido a su pareja hacía tiempo, víctima de unos cazadores, pagando a su vez con sus vidas aquel asesinato sin sentido. No todos los dragones eran malvados, sino una minoría que provocaba que el resto de seres los miraran como si fueran unos monstruos. Eso le pareció injusto, los humanos también se comportaban de igual manera, algunos de ellos también tenían intenciones siniestras y no se les juzgaba por unos pocos individuos, salvo su madre. No sabía como ella reaccionaría y si la vida de Casta sería un reconfortante tributo para un corazón herido por las incomprensiones entre ambos mundos.

Para Anca, Casta era un ser inocente y su primer pensamiento era salvaguardar su existencia, incluso ante la cólera de su madre.

—He oído voces humanas —escuchó con poderosa insistencia, proveniente de una titánica dragona plateada cuyo nacimiento se situaba en los inicios del propio mundo donde habitaban, aproximándose rauda hasta su hija.

—Era yo, estaba practicando mis habilidades de cambiaforma —habló Anca, en su lengua materna, con resuelta desenvoltura. Su madre gruñó, alzando su poderoso cuello en cuyo final destacaba una majestuosa cabeza que la miró sorprendida.

—Sabes que no me gusta verte con esa apariencia. Detesto a esas alimañas carentes de inteligencia y compasión —volvió a gruñir con cierto desagrado. Olisqueó a su alrededor frunciendo varias escamas plateadas de sus penetrantes ojos—. Te felicito, hija mía, has sabido captar a la perfección la insana constitución de los deplorables humanos, tanto en forma, movimiento e incluso el olor.

Anca conocía de la dificultad de engañar a su madre. De hecho, sabía que no podría hacerlo, tal era la suprema inteligencia de la que siempre hacía gala y su peculiar tono al hablar delataba que conocía de su secreto.

—Haz que salga de inmediato de su escondite. Seré generosa y le daré una muerte rápida —dijo mirando a su hija con severidad.

—Madre...

—¡Qué salga ya! —exclamó con una potente voz que hizo temblar la cueva.

Anca se dirigió a la grieta, recogió a Casta, quien aún no se había recobrado y estaba sin sentido, depositándola ante su madre.

—Aquí está. Una cría humana, enferma y desfallecida.

La ancestral dragona miró aquel ínfimo despojo, por sus ollares salieron unas vaharadas de fuego mágico que no llegaron a alcanzar a su víctima. Anca lo evitó, desviándolas de su trayectoria. Las piedras donde impactaron ardieron en un potente fuego verde que las consumió al instante.

—No, madre. No consentiré tan horrendo crimen. —La joven dragona se interpuso entre ambas.

—Mi querida hija, tienes un noble corazón. Pero con los humanos tu generosidad será tu pérdida. No les debes dar cuartel. Nunca. No lo merecen.

—Tampoco merece tu rencor. Las dos perdimos algo que amábamos y debemos demostrar que, como seres inteligentes, nuestra piedad supera su total ignorancia. Sus progenitores han sido atacados por nuestros congéneres que deberían haber demostrado no ser como ellos. He conocido el terror en sus ojos al ver los míos.

Su madre abrió los suyos con fuerza. Unos ojos amarillos como los de su hija, con cierto tono anaranjado que cubría los bordes interiores y que hablaban de la enorme longevidad que poseía. Se quedó mirando a la niña y merced a sus poderes entró en su mente.

“Reinaba la alegría, una caravana de carromatos bajo un cielo esplendido, donde habitaba la cordialidad y el buen humor. Luego aquel cielo se oscurecía y el batir de poderosas alas lo llenaba todo. Fuego y gritos, horror y muerte. La suerte la salvó al quedar debajo de un cadáver, el de su propia madre, desgarrado por los dragones atacantes. Después, desolación y una enorme tristeza, furia y congoja reunidas, hambre, incertidumbre y un camino hacia ninguna parte. Al final, la cueva donde ellas vivían, donde siempre habían tenido su cobijo”.

—¿Qué quieres hacer con ella? —dijo más calmada, consciente de la epopeya que la pequeña humana había sufrido.

—Quiero que se quede aquí y cuidarla. Enseñarle que nuestra raza es mucho más que un sinónimo de terror y destrucción. Qué nos ayude a combatir contra aquellos de los nuestros y de los suyos que provocan este odio absurdo.

—Que una humana aprenda algo no cambiará gran cosa.

—Todo debe tener un principio, madre. —Casta gimió, estaba a punto de abrir sus ojos de nuevo.

—Espero que mi sabía hija esté en lo cierto. —La forma de la poderosa dragona cambió, convirtiéndose en una mujer de cabellos plateados. Seguía poseyendo una altiva figura, pero esperaba que así Casta la pudiera aceptar en mayor grado. La niña las miró. La duda y el miedo la acompañaban, pero la fiebre dominaba su cuerpo e incapacitaba cualquier acción apresurada.

—¿Quién eres? —preguntó temblorosa la pequeña humana a la extraña mujer que acompañaba a Anca.

—Soy Glaurungfag...

—Glaur, mi madre se llama Glaur —interrumpió Anca, conocedora de que, por el momento, sus nombres abreviados eran demasiado complejos para la joven humana—. No temas, estas a salvo. Nosotras cuidaremos de ti, este será tu hogar ahora.

—Mi hogar...

—Sí, nuestro hogar —habló Glaur con tono acogedor. Anca miró a su madre. El futuro estaba lleno de incertidumbres y nadie podía predecir si su intento sería afortunado. Lo que si sabían era que podría significar el comienzo de algo nuevo. El comienzo de un nuevo principio. El comienzo de la esperanza.

DRAGOMIAN - Amadeo (R)

Debo confesarles algo. Espero que comprendan mi situación. Debo encontrar la verdad, una respuesta certera a una duda fundamental que tengo desde hace años. La pregunta clave es: ¿Hoy, existen los dragones? o ¿Es hoy solo el mito originario de pueblos muy antiguos, de distintas regiones del mundo? De las respuestas que encuentre, dependerá mi realidad actual. Cada día que pasa, me siento más aislado de todo, menos apreciado por la gente qué hasta comencé a sospechar haber perdido consideración y peso sobre el resto de la población o que se van restando seguidores y que ya muy pocos confían en mí. Igual me sucede con los dra-gones.
Debo reaccionar y para eso, constatar fehacientemente la existencia real de dragones, de cualquier especie, tamaño, forma, con plumas o sin ellas, que lancen fuego por sus fauces o no, con garras enormes o pequeñas. En fin, dragones reales, vivos.

Estoy frente a una cueva de dragones descubierta hace tan solo unos dos meses por tres espeleólogos famosos y confiables. La boca de entrada, en una de las enormes rocas de la montaña Creatón, en el oeste de la región occidental de Mutremba, es grande, de forma casi triangular, tal es así que entro parado, con comodidad. La humedad en el ambiente es bastante agobiante, pero el piso o sendero por donde camino es parejo, algo polvoriento, pero fácilmente accesible. Las paredes rocosas, muy desparejas, con sobresalientes peligrosos me obligan a avanzar con precauciones. Evidentemente hay algunas grietas en lo alto que permiten el ingre-so de poca luz, pero suficiente para no tener que utilizar la linterna que llevo en mi bolso. Avan-zo atento en busca de señales, rastros o indicios básicos. Debo encontrarlos y asegurarme que valen como pruebas de la existencia de estos, mis animales.
Ya es casi medio día y solo hallé algunos dibujos rupestres, borrosos, casi ilegibles co-mo para concluir algo. No parecen representar dragones. Prosigo mi marcha en la cueva que se va angostando, la oscuridad se presenta con más intensidad y un olor fétido la vuelve casi irrespirable. Avanzo temeroso, entro en una zona cálida, muy cálida. No hay fuego, no veo dra-gones con las fauces en llamas. No encuentro rastros de pisadas recientes de ningún tipo. Más allá, a unos diez metros, detecto una claridad sospechosa, llego y encuentro una bifurcación: hay dos caminos angostos, tomo el de la derecha y debo bajar un poco la cabeza al caminar. «Si hay dragones, son pequeños en altura, tal vez sean reptiles emplumados o con gruesas escamas rígidas, de colores. Espero tener suerte y poder responder mi pregunta esencial», pienso mientras alumbro las paredes para no lastimarme. El olor desapareció pero no la hume-dad que es insoportable. La alegría me invade al encontrar, entre piedras informes, tres plumas grises, enormes. «Son de un dragón alado», grito eufórico y el eco me responde: lado, lado, lado. Feliz, busco más plumas, por todos lados, pero aquellas son las únicas. Entonces le pre-gunto a la cueva «¿Hoy, viven, existen los dragones?», y escucho con poca nitidez: ones, ones, ones. Vuelvo a gritarle a las paredes. «¿Dónde los encuentro?», y escucho: entro…, en-tro…, entro y consulto: «¿Adentro?», pero el silencio es total. No comprendo esa negativa de ayuda. Avanzo, busco dragones, señales de ellos. Ya agotado y desilusionado, con los restos de luz de mi linterna, alcanzo a descubrir unos dibujos de una serpiente enorme, larga, gruesa, ondulante, con fuego en la boca, y una inscripción que pareciera en idioma chino, aunque muy borrosa. «¡Es el dibujo de un dragón actual, porque la pintura parece fresca, nueva. ¡Es solo un dibujo!», deduzco apesadumbrado y prosigo, ya con pocas fuerzas y muchas dudas. Llego al final de ese túnel, del camino de la derecha y decido regresar, ante el fracaso y la poca energía ya disponible en la linterna.
Camino presuroso, sin haber encontrado pruebas contundentes sobre dragones vivos, esas señales tan esenciales para mi futuro. Ya en la boca de entrada, noto que afuera reina la penumbra de un atardecer triste como yo. Solo una brisa suave y fresca, indica vida y eso me reconforta, pero no llega a anular mi pesimismo. Sigo inquieto al no saber, no haber hallado la respuesta buscada y por lo tanto dudo si aún podré mantener la vigencia de mis seguidores, de los numerosos acólitos y feligreses devotos que confíen en mí cómo Dragomian, el Dios de los dragones. Sin ellos, no soy nadie, no soy Dragomian.
Si encontrara dragones vivos, mantendría mi vigencia divina, mis poderes e influencia sobre ellos y sus actividades. Busco a seres fabulosos con figuras de serpientes corpulentas, garras de león y alas de águila, muy feroces, que echan fuego por la boca. También animales enormes con escamas, cuernos, dos alas o más, dos o cuatro patas y una cola. Pueden ser de apariencia serpentina, pero mezclada con características de otros seres vivos. Deben desem-peñarse como guardianes, o saberse monstruos y poderosos enemigos. Deben poseer cuali-dades positivas como una gran sabiduría y conocimientos, pero también defectos, como avari-cias y codicias insaciables que los conducirán a devastar campos, poblaciones y así obtener gigantescos tesoros, que compartirán con migo.
Los podría dirigir en sus actuaciones de maldades, beneficios o solidaridades. Hoy, sin la seguridad de sus presencias y tal vez sin dragones devotos que me respeten, soy apenas un simple humano más, un explorador. Me niego a ser solo eso y en un futuro próximo, un simple recuerdo mitológico, a través de descoloridos dibujos alegóricos a mi antigua existencia.
No me doy por vencido, iré en busca de reales y certificadas pruebas contundentes de la existencia de ellos, exploraré en bosques, en cielos y nuevas cuevas de dragones, para no pa-sar al olvido. Pronto les contaré las novedades sobre mi permanencia divina cómo Dragomian. Solo les pido paciencia, que por favor, me esperen. Lo haré, pronto, antes de dejar de existir como divinidad.

Los hermanos de Éigríoch - K. Marce


Por alguna extraña razón, ese pequeño ser sabía muchas cosas. Estaba escondido con sus otros hermanos en la cueva del dragón, que no era otra sino su propia madre. Él contemplaba a los que dormían en ese oscuro, húmedo pero también cálido lugar.
Su madre pertenecía a la rara y selecta clase de dragones del agua, una especie más hermosa que los terrestres. Su cuerpo era esbelto, cubierto de escamas semejantes al topacio azul; estaba enrollada en sí misma, arropada con sus potentes y espléndidas alas, calentando bajo su vientre todos los tesoros acumulados en centurias. Aquellas riquezas ofrecidas por antiguos reyes en pago para que se mantuviera alejada de las villas y los reinos; otros tantos tomados como botín durante sus destrucciones. No sentía mayor dicha que dormir sobre monedas de oro y piedras preciosas.
Los hombres temieron a los dragones, pero con el pasar de los tiempos, el olvido de lo que era real se convirtió en leyenda. Los testigos de sus avistamientos fallecieron y la humanidad nunca los verían de nuevo. Porque vivían largo tiempo, asimismo necesitaban descansar, refugiándose en sus escondidas cuevas. Más por la propia supervivencia de la especie, ese letargo de centurias, donde hibernaron acurrucados en sus tesoros, los hizo despertar. Muchas hembras habían fallecido, o fueron asesinadas durante sus sueños, no así la dragona del agua. Por lo que los machos sobrevivientes llegaron hasta su cueva, y su vientre engendró hijos e hijas. Ella fatigada volvió a echarse sobre el dorado lecho.

En aquella cueva, el único que nunca dormía era Éigríoch, el último en ser engendrado. Todos sus hermanos y hermanas, presumían las cualidades que heredarían de sus progenitores. Lo miraban con desprecio por su tamaño y sus escamas transparentes, con un cuerpo abultado y feo. Se burlaban a su vez que él jamás hablaba de su padre, por no ser extraordinario. Por eso, prefería vigilarles el sueño y no escuchar las burlas que le hacían cada vez que estaban despiertos.
Sus hermanos y hermanas adquirían aquellas cualidades que pronunciaron con orgullo. Los que tenían padres terrestres, desarrollaron alas en sus lomos, aquellos aún con cuerpos de serpientes, tendrían la capacidad de volar. Algunos eran hijos e hijas de los temibles dragones de fuego. Otros lanzarían humo y hielo. No faltaba el que presumía que le saldrían otras siete cabezas, o los que decían que reclamarían sus reinos ubicados en los cuatro puntos cardinales. Sin faltar quienes proclamaban que moverían las aguas, la Tierra y hasta las mismas constelaciones.

Al ir creciendo, se movieron de aquella cavidad para trasladarse a otra, y el pequeño volvió a llegar de último. Su transparencia no era atractiva a los ojos de sus hermanos, quienes se alejaban evitando tocarlo. Mientras que en ellos, el color en sus suaves escamas comenzó a abrillantarse con colores diversos e intensos, azules cobalto, verdes esmeraldas, borgoñas, plateados o dorados, un completo arcoíris que se echaba a dormir uno al lado del otro, esperando el día de abandonar ese agujero. Pero Éigríoch no reflejaba los cambios de la metamorfosis que atravesaba, guardaba silencio y observaba, siempre en vela.
 La algarabía de unos despertó al resto, el hijo de Ladón ya no estaba. Estaban seguros de que por sus cien cabezas había abandonado la cueva primero. Él se autodenominó guardián, protector de la gruta abismal, los ciento de lenguajes que comprendía le permitirían explorar el mundo. Según aquellos, volvería a dar las noticias de lo que vería afuera. Se consolaron todos creyendo tal cosa. Porque cada vez que un pesado sueño les vencía, uno de ellos abandonaba la guarida, comprendieron que no regresarían de nuevo. Creían que cuando se contemplara su transformación, también partirían como lo hicieron sus hermanos mayores.

Los últimos en irse fueron, los hijos de Amaru, que gobernaba las aguas y la vida; le siguió el de Leviatán, el rey del fondo del mar. Quedaron entonces solos, el que engendró Ryūjin, autoproclamado el rey de los océanos, con la capacidad de convertirse en humano a voluntad, y Éigríoch, el pequeño que no hablaba nada, quien lo miro fijamente a los ojos. Una voz potente salió por aquella otrora quieta boca, y pronunció las palabras:
—Ahora, hermano mío, voy a decirte quien es mi padre: los hombres y las bestias lo conocen como "El Innombrable", el más temido de todos los dragones que han existido. Su cuerpo es de humo, su aliento es de éter, dador de sueños y pesadillas. Puede percibir las vanaglorias y los temores de cualquier ser vivo. Su mayor cualidad es que cuando mata, roba la esencia de su víctima y yo heredaré lo mismo que él. Así que tomaré lo tuyo, tal cual hice con ellos: un día me convertiré a voluntad en hombre, caminaré entre las naciones, me rodearé de reinas y reyes, seré tan benevolente, para que me adoren y tan despiadado, para que me teman.
Y sin misericordia mató a su hermano como lo hizo con el resto. Fue entonces que por fin pudo dormir profundamente. Mientras dormía, la corriente lo arrastró a otra recámara, y su metamorfosis se completó, cuando su cascarón comenzó a formarse.

Después, la madre durmió sobre el nido por un tiempo, el crujido de su nacimiento se escuchó. La dragona del agua, vio realizado un milagro en aquél único huevo, del cual nació una hermosa y potente criatura de ojos profundos, capaces de verlo todo. Eran tan negros, iguales a la vastedad del universo. Sus escamas translucían como prismas, con destellos en esplendoroso tornasol; sus enormes alas de diamante, destellaban más que las estrellas.
—¿Tu padre te dio nombre, majestuoso hijo mío?
—Sí, madre. Mi nombre es Éigríoch... que significa: el que es Infinito.


La cueva del dragón - Rita


—¿A dónde vamos…, mami? —resopla Colin. El flequillo se le pega a la frente. Su cabello castaño está oscurecido por el sudor.
Me siento culpable por hacerle correr de aquella manera a tan temprana edad. Pero ha llegado un momento en que me pesaban tanto los brazos que me ralentizaba.
—A la cueva… del dragón. Allí estaremos… a salvo, ¿vale?
Agarro con más firmeza la mano resbaladiza de mi hijo para seguir tirando de él. Al menos, estará a salvo en su lugar favorito. Tal vez allí pueda olvidar el horror vivido.
—¿Por qué… la gente… se ha vuelto mala?
Tragué para deshacer el nudo en mi garganta.
—No es culpa… suya. —Busco una manera sencilla de explicarle a un niño de cuatro años por qué, de pronto, las personas se atacan sin motivo aparente—. Están enfermos.
—¿Y por qué no… los curan… los médicos?
—Los van a curar…, pero van a tardar… un poco. Mientras tanto…, nosotros estaremos… a salvo en la cueva.
En realidad, no estoy tan segura de que eso vaya a pasar. Que se sepa, aún no hay cura. El virus apareció meses atrás de la nada. No se sabe mucho de él, por lo que tengo pocas esperanzas. Sin embargo, un niño pequeño no tiene por qué saber que los monstruos existen.
—¿Por qué papi no viene? ¿Dónde está?
Suspiro, ansiosa, con el corazón en un puño. He llamado a mi marido un centenar de veces, pero no me ha cogido el teléfono.
—Estaba trabajando. Pero no te preocupes, seguro que está bien y vendrá a buscarnos.
No sólo quiero tranquilizar a mi hijo; trato de convencerme a mí misma diciéndolo en voz alta. Pero no funciona. He presenciado una situación desesperanzadora en la ciudad y no es fácil de olvidar.
Después de horas corriendo, agotados, llegamos a una carretera secundaria y, por lo tanto, vacía que lleva a nuestro destino.
—¿Quieres un poco de agua? —le pregunto a mi hijo.
Asiente con la cabeza. Está tan agotado que ni siquiera pronuncia palabra. Lo he llevado en brazos de manera alterna, pero, aun así, Colin ha hecho un gran esfuerzo. Y ni siquiera se ha quejado. Debe de estar tan asustado.
Le miro con ternura antes de sentarnos en el arcén a descansar. Saco una botella de agua de la mochila que he abastecido con suministros antes de salir de casa y se la paso.
—Un sorbito, ¿vale? Tenemos que guardar un poco para después.
—Pero tengo mucha sed.
—Lo sé, peque. —Se me rompe el corazón de ver a mi hijo en aquella situación, cuando nunca le ha faltado de nada—. Pero no tenemos mucha, y, hasta que los médicos no curen a las personas enfermas, no podemos volver a casa.
—Y, ¿cuándo las van a curar?
—No lo sé, pero tenemos que escondernos, al menos, unos días.
—Entonces, ¿no voy a ver La patrulla canina después de cenar? —Su infantil vocecita suena tan triste que se me encoge el corazón.
—Lo siento, mi peque —le doy un fuerte y suave achuchón—, hoy no puede ser.
No tardamos mucho en retomar el camino. No quiero que se nos haga de noche en mitad de la nada. Si en circunstancias normales es peligroso, no quiero ni pensar qué ocurrirá si, de noche, nos sorprende un infectado.
El sonido de un motor llega a mis oídos minutos después de comenzar a caminar. Mi respiración se vuelve irregular. “Calma, Amy, seguro que pasa de largo”, pienso para mí misma. Pero no es así. El vehículo ha aminorado la marcha hasta detenerse. Me vuelvo dispuesta a proteger a mi hijo de cualquier peligro; sin embargo, me sorprendo cuando veo a Ryan bajar del coche y correr hacia nosotros.
—¡Papi!
Colin se lanza a sus brazos y yo lo imito.
—Te he llamado varias veces, pero no me cogías el teléfono —gimoteo en su oído—. Creía que te había pasado algo.
—Lo siento, cariño. No quería preocuparte. —Me besa en la frente—. Me he dejado el móvil en la oficina. Pero sabía dónde buscaros. Y, por lo que veo, no estaba equivocado.
—Gracias a Dios que estás bien —susurro con alivio.
—Ahora sí que estamos a salvo —dijo Colin—. Con papi no nos pasará nada.
Le dedico una tierna mirada, dejando entrever una cálida sonrisa.
—No voy a dejar que os ocurra nada malo —le asegura al pequeño con voz firme.
Veinte minutos después llegamos a la cueva, cuando empieza a intuirse el atardecer.
—Mami, aquí no nos pueden encontrar las personas enfermas —me dice mi hijo mientras lo guío hacia el interior. Un sentimiento de dulzura nace de lo más profundo de mi ser al arropo de mi pequeño, quien trata de calmar mis miedos como el más valiente de los caballeros—. Además, papi nos protegerá con la ayuda del dragón.
Río afectuosamente ante su imaginación. Desde que descubrimos la cueva en el bosque tiempo atrás, su imaginación ha creado historias sin parar, historias protagonizadas siempre por su heroico dragón.
Un sonido en la maleza me saca de mis pensamientos.
—Entrad —susurra Ryan—. Voy a ver qué es.
Saca un arma y vuelve sobre sus pasos.
—Cariño, por favor, ten mucho cuidado —le suplico, con un nudo en el estómago.
Se acerca a mí en una zancada y me acuna el rostro entre sus manos rasposas. Me besa con fuerza en los labios y me dice al separarse:
—Volveré.
La ansiedad se acumula en mi pecho y le estrujo con fuerza los hombros, tratando de controlar mi miedo. Asiento, incapaz de articular palabra.
—Hey, hombrecito —llama a nuestro hijo. El pequeño le mira con unos ojos castaños atentos—. Cuida de tu madre mientras estoy fuera.
—Como un caballero de la mesa redonda —dice emocionado.
—Eso es.
—No tardes, por favor —le ruego un momento antes de verlo desaparecer entre la maleza.
—¿A dónde va papi? —pregunta Colin al tiempo que entramos en la cueva.
—Va a alejar de nuestro escondite a los malos.
—¿Con el dragón de la cueva?
—Sí, peque. —Nos acurrucamos en la penumbra, abrazados—. Ahora hay que estar en silencio, ¿vale?
—Vale —susurra con su adorable vocecita infantil.
Cierro los ojos tratando de retener las lágrimas y rezando para que Ryan vuelva sano y salvo. “Por favor, Dios, tráelo de vuelta”.

Dragón que come poeta... - Ana de la Hoz


Estimado Literauta:

Considero un deber ponerte al tanto de las circunstancias de este relato. Cuenta la historia de un dragón, y se basa en un manuscrito muy antiguo encontrado en una cueva cercana a mi pueblo. Data aproximadamente el sigo XIV. Yo mismo me he encargado de su traducción del castellano medieval. Sí, porque el dragón fue español.

Bueno, ahora que estas advertido, te invito a iniciar la lectura:

Has de saber que los dragones sí existimos. Fuimos tan perseguidos por el ser humano que cuando nos vimos rebasados en número y en recursos, tuvimos que ocultarnos. Sacrificamos nuestra afición a volar sobre las aldeas, cuidar princesas y acumular tesoros. Intentamos varias estrategias para no ser vistos, pero todas resultaron inútiles, el hombre nos encontraba. 

No tuvimos más recurso que pactar con el Supremo. Para seguir existiendo, le pedimos el don de transformarnos en otro animal. Aceptó, más a cambio exigió un millón de escamas de dragón. Lo sometimos a votación y aceptamos al ver que era la única salida. ¿Qué animal seriamos? 

Discutimos mucho, y al final estuvo dividido entre mariposa y cucaracha, por aquello de pasar inadvertidos. Por temor a seguir perseguidos, fueron pocos los que hablaron de hacerse reptiles, aves o mamíferos. Al final quedó en que seriamos mariposas, ya que así volaríamos, habilidad que nos era más preciada que conservar colas, garras y fuego. 

Pusimos manos a la obra. Algunos aportamos más de una escama y al final, cuando ya se agotaba el plazo convenido y estábamos por extinguirnos, hubo dragones que se inmolaron aportando todas sus escamas para completar la cuota.

El sacrificio y la colaboración demostrada conmovieron al Supremo. Nos premió con la transformación en lo que cada uno eligiera.

Aunque hubo mariposas, hubo quienes se transformaron en rosa, en león, en estrella. Yo soy de los que aprovechando la oportunidad, quiso ser hombre, el gran enemigo. Hubo sabios, reyes, magos, hasta bellas damas. 

Yo quise ser poeta. 

El Supremo –sorprendido por mi elección- me preguntó qué tipo de poeta quería ser. 

— Una vez escuché un verso y nunca lo olvidé. Me gustó tanto que devoré al poeta Quiero ser como Ramón Llull . Te pido que la transformación se haga en la cueva del monte Randa. Ahí Ramón pasó tiempo en contemplación y es donde yo quiero vivir, es un sitio seguro, ideal para escribir poesía.

Y así fue.

Me aposenté del sitio de trabajo de Ramón. Se hallaba en buenas condiciones y había todo lo necesario para entregarse a la escritura. Estaban también los libros que dictan la rima, la métrica y el ritmo de la buena poesía. Con lo que no contaba yo, es que estaban escritos en catalán. 

No me amilané. Rescribí lo que recordaba del poema de Lull: 

Dijo el amante al amado
¿Cuál es la noche más oscura?
La de tu ausencia
¿Cuál es el día más claro?
El de tu presencia.
Por ti es que yo vivo,
Por ti es que yo muero

Lleno de entusiasmo me puse escribir. Todo me gustaba, me parecía fabuloso, extraordinario. Estaba por quedarme sin hojas cuando de golpe lo comprendí: ¿Y mi amada? ¿Y ese amor por el que se vive y se muere? Gozo, dolor, alegría, sufrimiento. Lull tuvo su amado, ¡no puedo seguir escribiendo al amado de otro, sintiendo lo que sintió otro!

Es el tercer día desde mi transformación. Por si acaso, empaco los libros y mis escritos. Hoy salgo al mundo a buscar lo que hace poeta al poeta.


Y es así que el dragón que se enamoró de la poesía y que se hizo hombre por ella, dio el primer paso y dejó la cueva.

LA CUEVA DEL DRAGÓN - Jach


Hacía media hora que el matrimonio Peñalver había entrado a la sala de espera del Hospital Callejas y ya ambos tenían la certeza de que había sido el tiempo más largo de sus vidas. En el ala oeste del hospital se juntaban el área de emergencias con la sección de medicina integral, ambas divididas por un estrecho pasillo por el que noche y día corrían las camillas de pacientes cuya dolencia requiriera de una operación urgente. Al final de ese corredor esperaban cuatro quirófanos equipados para intervenciones no planificadas y de casos generalmente graves. En la esquina donde convergen el pasillo y las entradas de urgencias y medicina integral había una pequeña sala de espera para familiares del paciente en quirófano. Lo que hacía a esa sala una especie de cueva infernal era, además de su mínima y enclaustrada estructura, el hecho de que ésta tuviera la difícil tarea de acoger a personas en momentos de gran desesperación. Cuarenta minutos habían pasado ya, pero Diana y Genaro Peñalver habían perdido la noción del tiempo.

Los Peñalver llevaban casados catorce años, en los que habían vivido todo tipo de situaciones. Tres días antes de la boda, Genaro había estado implicado en un altercado con violencia que le había dejado una herida en el antebrazo y por la que tuvo que hacerse curas durante una semana, incluido el día de la ceremonia momentos antes de pisar el altar, cosa que había provocado una incómoda estupefacción en su rostro al escuchar al cura pronunciar las palabras del casamiento y sólo poder centrarse en la casualidad trivial de verse tan íntimamente unido a dos acepciones tan opuestas del término cura en un mismo día. A Diana le había molestado levemente el hecho y durante los primeros días pensó que el embotamiento de Genaro en un momento tan crucial pudo deberse a las dudas sobre la decisión de tomarla como esposa, pero lo cierto es que el hecho no trascendió y el matrimonio había sido bastante feliz.

Nakír era su único hijo, que con trece años estaba en la edad de las patinetas y la edad de no tener miedo, esto se había traducido hacía un par de horas no en el común raspón de una caída, sino en un grave accidente que había dejado al chico inconsciente y con una clavícula rota. En ese momento estaba en medio de una riesgosa operación en el quirófano tres.

El médico les había dicho hacía cincuenta minutos que había que operar para parar el sangrado y una contusión que porque el coma y el hueso y la sangre A+, y nosequé más cosas que no lograban todavía digerir porque ambos estaban en proceso de negación y las palabras del médico se licuaban en su mente sin orden alguno, sólo sabían que su hijo estaba grave y con riesgo de quedar en coma. Ninguno podía salir de la sala hasta que no llegara el cirujano o algún personal del hospital a dar un parte de la intervención. El tiempo pasaba lentamente y el ambiente era tan denso que ambos creían continuamente estar a punto de necesitar también un médico. Ni Diana ni Genaro habían quitado la vista del picaporte de la puerta, y si lo habían hecho habría sido en vano, pues la estupefacción no les permitía ver lo que había a su alrededor, era como si la vista condujera directamente las imágenes a un abismo sin retorno, desechándolas en el seno de un lugar lejano dentro de la mente. No había nadie más en la sala. Al cabo de una hora el picaporte por fin giró noventa grados, la puerta se abrió dejando entrar una luz que Dios haya librado a aquellos señores de asociarla a la del final del túnel. El hombre que apareció entonces, de bata blanca y bigote platinado, era el mismo que les había hecho esperar en aquella sala y el mismo que minutos antes había logrado encajar las dos partes de la clavícula derecha de Nakír. Las palabras esta vez fueron claras y perfectamente comprensibles, tanto así que si Diana y Genaro llegaran a vivir cien años, a pesar de los achaques seniles que el tiempo causa en la memoria, seguirían recordando al pie de la letra aquella frase: "Está fuera de peligro, no hay daño cerebral y la clavícula ya está en su lugar, este muchacho ha tenido mucha suerte". En aquel momento Diana y Genaro se miraron, la consonancia de felicidad que notaba en sus ojos era algo que solo ellos podrían describir, pero ninguno habló, sólo hubo un abrazo, un solo abrazo de apenas diez segundos que ambos sintieron como de tres horas. Las emociones de aquella sala jugaban con el tiempo como les daba la gana. Ya podían salir de ahí, y eso fue lo primero que hicieron al saber la noticia, como si el sopor del ambiente los expulsara a presión de aquel lugar.

Cuando Genaro cruzó la puerta, Diana, que iba detrás, se giró para dar un repaso ahora consciente a la sala, a modo de despedida y como forma de agradecimiento porque a pesar de todo, no les había ido tan mal ahí dentro. Al hacerlo se percató de que la minúscula sala no tenía ventanas, y para compensar ese claustrofóbico hecho habían sido colocadas dos plantas en cada una de las esquinas del fondo, además de una pequeña repisa. Al mirar el objeto que había en aquella tabla, observó una estatua en miniatura de un dragón asiático esculpido con gran minuciosidad. Era tarde para ponerse a reparar en los detalles de la hasta entonces ignorada figura, y lamentó no haber podido observarla mejor durante su larga estancia, aunque a la vez deseaba fervientemente no tener que volver a verla jamás. Al cruzar ella la puerta, el amable cirujano le rozó levemente el brazo y amistosamente dijo: "Señora Peñalver, la espera ha debido ser larga, y esa sala no es la mejor del edificio, ¿sabe? ¡Vaya encierro!, aquí le decimos la cueva… Pero todo ha salido muy bien, su hijo ha sido trasladado a la habitación 14, en el ala este, acompañen a la enfermera, ella les indicará el camino".

La Batalla - Francisco Antonio Rámirez Cruz (Segmento de su novela "El talismán mágico)


Kimo le lanzó un certero machetazo al monstruo, cortándole de un solo tajo la pezuña de la pata izquierda; la sangre le salía a borbollones, irritando más al monstruo que lanzaba fuertes golpes queriendo desmenuzar a Kimo.
Éste se movía como un gladiador, escurridizo ante la embestida del segundo ataque del monstruo que le buscaba la cabeza. 
El monstruo más enfurecido arrojó enérgicos rugidos y en seguida perdió el equilibrio, logrando en su caída pegarle a Kimo un fuerte golpe en la cabeza y lanzarlo diez metros de distancia.
Aturdido por el golpe se levantó con rapidez y dando un potente salto le arrojó un machetazo en la cabeza cortándole una oreja.
El monstruo más rabioso se lanzó nuevamente buscando el cuerpo de Kimo, logrando esta vez morderle la mano; pues éste estaba todavía aturdido por el golpe que tenía en la cabeza.
Kimo ensangrentado y sin fuerzas, casi vencido, miraba para todos lados buscando ayuda.
El monstruo furibundo se disponía a terminar de matar a Kimo; en su desesperación abrió los ojos y lleno de rabia y dolor se acercó más mostrando sus grandes fauces para intimidar más a su presa.
Los dos estaban a la orilla del abismo, y Kimo solo esperaba que se acercara más para esquivarlo y lanzarlo al precipicio.
Pero cuando el monstruo abría su gran hocico para terminar de devorar a Kimo; una laza cayó en su cuello sujetándolo con fuerza y atándolo ágilmente a un frondoso árbol de ajuste, momento que aprovechó para bañarlo de agua vendita y adormecerlo. 
Con la vista nublada por la sangre que bañaba su cara, Kimo observó a Yojandra (que lo había seguido para protegerlo) que con una soga afianzaba al monstro.
En ese momento haciendo un gran esfuerzo, Kimo se paró y le arrancó del cuello el talismán y el anillo que le había robado a Yojandra. 
Después de tres minutos, el monstruo comenzó a recobrar fuerza y reventó la soga.
Disponiéndose a atacar nuevamente estaba, cuando apareció como por arte de magia Kanelón con la trompa ensangrentada; pues éste se había adelantado a inspeccionar la guarida del brujo.
Cuando Kanelón vio a su amo herido, su cuerpo se encrespó y abrió su hocico mostrando sus colmillos; con las uñas de sus potentes patas rasgó la tierra hacia atrás, lanzándose con furia sobre el monstruo y enterrándole sus colmillos en la cabeza.
El monstruo en la agonía de la muerte, enganchó sus poderosas manos sobre la cabeza de Kanelón y juntos enroscados como un solo cuerpo, cayeron al despeñadero profundo.
La tierra tembló por el eco de un fuerte aullido y unos minutos después reinaba en ese lugar un profundo silencio.